Volumen I · Parte I · Capítulo 2

La geografía del afuera

Las cadenas globales pueden conectar territorios con enorme eficacia y, al mismo tiempo, separar el lugar del beneficio, el trabajo, las emisiones, el riesgo y el residuo. El capítulo distingue globalización de integración a partir de cadenas de valor, huellas de consumo y flujos materiales.

¿Cómo se fabrica un “afuera” cuando extracción, trabajo, emisiones, riesgo y residuos están separados del lugar donde se recibe el beneficio?

El 24 de abril de 2013 se derrumbó el edificio Rana Plaza, en las afueras de Daca, Bangladesh. Murieron más de 1.100 personas, la mayoría trabajadores de la confección, y muchas otras resultaron heridas. Un año después, la Organización Internacional del Trabajo describió lo ocurrido de una manera que iba más allá del accidente laboral: la tragedia había iluminado de golpe la relación entre trabajadores, empleadores, marcas y consumidores, es decir, la cadena completa que hasta entonces podía permanecer fragmentada ante los ojos de quienes solo veían uno de sus extremos.

Eso es exactamente lo que interesa aquí.

Una camiseta podía llegar a Madrid, París o Londres con talla, marca, precio y fecha de entrega perfectamente identificables. El mercado había conseguido una coordinación extraordinaria: algodón o fibras producidos en un lugar, hilo en otro, tejido, tintura, corte, confección, transporte, almacenamiento, diseño, financiación, publicidad y venta distribuidos entre países distintos y, aun así, reunidos en un objeto barato que aparecía puntualmente en una tienda. Lo que no viajaba con la misma facilidad era la experiencia completa de las condiciones que habían hecho posible ese precio y esa velocidad.

Rana Plaza no inventó esa geografía. La hizo visible.

La cuestión no consiste en atribuir el derrumbe a “la globalización” como si esa palabra designara una causa única. Las responsabilidades concretas de un accidente requieren hechos concretos, autoridades, decisiones, propietarios, inspecciones, contratos y conductas que no pueden sustituirse por una explicación civilizatoria. Lo que el caso permite ver es otra cosa: una red puede estar estrechamente conectada para producir y vender y, al mismo tiempo, conservar grandes distancias entre quien decide, quien se beneficia, quien asume el riesgo y quien puede exigir una corrección.

El capítulo anterior partía de una chimenea. Aquí el “afuera” deja de ser el lugar al que viaja el humo y adopta una forma más compleja: una geografía económica capaz de unir operaciones sin integrar por completo sus consecuencias.

1. Conectar no es integrar

Durante las últimas décadas, las cadenas globales de valor han transformado la economía mundial. El World Development Report 2020 del Banco Mundial estimaba que ya representaban casi la mitad del comercio global. Un producto cruza fronteras varias veces antes de llegar al consumidor; un servicio puede combinar software desarrollado en un país, infraestructura alojada en otro, atención prestada desde un tercero y capital distribuido entre muchos más.

Ese proceso no puede describirse seriamente como una historia de daño puro. El mismo informe del Banco Mundial subraya que las cadenas globales han contribuido al crecimiento de economías de renta baja y media, a la creación de empleo, al aumento de ingresos y a la reducción de pobreza. Para muchos países, integrarse en una cadena internacional ha sido una vía de industrialización, aprendizaje productivo y acceso a mercados que de otro modo habrían resultado inaccesibles.

Conviene conservar este dato porque impide una conclusión demasiado fácil. Si la tesis fuera simplemente que producir lejos es malo, el capítulo no aportaría una diferencia útil. La distancia no constituye por sí sola una externalidad y la proximidad no garantiza justicia, seguridad ni sostenibilidad. Una fábrica local puede explotar, contaminar o esconder riesgos; una cadena internacional puede operar con estándares exigentes, salarios relativamente mejores, trazabilidad y sistemas efectivos de reparación.

El problema aparece en otra dimensión.

La globalización describe, entre otras cosas, una capacidad extraordinaria para conectar. La integración exige algo más difícil: que la información sobre las consecuencias, la autoridad para intervenir, la responsabilidad y los mecanismos de reparación puedan recorrer la red con una eficacia comparable a la del producto, el capital o el pedido.

Una cadena puede saber en segundos que un contenedor se retrasa en un puerto y tardar años en saber —o en asumir— que una determinada práctica laboral, una emisión, una pérdida de suelo o un residuo forman parte del coste de lo que está comprando. Puede optimizar inventarios entre continentes y, al mismo tiempo, distribuir la responsabilidad entre tantos contratos que nadie parezca ocupar el lugar desde el que contemplar el conjunto.

No necesariamente porque alguien haya diseñado la invisibilidad. A menudo basta con que cada actor mire desde el perímetro que le corresponde: el comprador controla precio y calidad; el proveedor, producción; el transportista, entrega; la administración, su jurisdicción; el inversor, rentabilidad y riesgo financiero; el consumidor, precio, disponibilidad y atributos visibles. Todos pueden disponer de información verdadera y, sin embargo, ninguna de esas verdades locales contener por sí sola la cadena completa.

El “afuera” geográfico empieza ahí: no en un punto vacío del mapa, sino en la posibilidad de que una relación real quede fuera del perímetro desde el que un actor calcula su éxito.

2. El lugar donde se produce y el lugar desde el que se cuenta

El clima ofrece una forma especialmente precisa de observar esta diferencia porque permite comparar dos contabilidades legítimas.

Las emisiones de gases de efecto invernadero suelen atribuirse al territorio donde se producen. Es una contabilidad necesaria: permite saber qué ocurre dentro de una jurisdicción, fijar objetivos nacionales, diseñar regulación energética y evaluar políticas. Pero una parte de los bienes que se consumen en un país se ha producido en otros. Las emisiones asociadas a esa producción aparecen en el inventario del territorio productor, mientras que el consumo final puede ocurrir a miles de kilómetros.

La OCDE mantiene hoy indicadores de huella de gases de efecto invernadero que combinan información de emisiones con tablas internacionales de producción y comercio. El resultado permite distinguir las emisiones asociadas a la producción de las incorporadas en la demanda final y en los intercambios internacionales. A escala agregada, la OCDE aparece como importadora neta de emisiones incorporadas: parte de la huella vinculada a su demanda se produce fuera de sus fronteras.

Esto no autoriza a concluir que toda reducción territorial de emisiones sea ficticia o que los países ricos simplemente hayan “exportado” su contaminación. Las trayectorias dependen de energía, tecnología, eficiencia, estructura industrial, comercio y muchos otros factores. Precisamente por eso necesitamos las dos miradas.

Si una jurisdicción reduce de verdad la intensidad de su generación eléctrica, cierra una planta altamente contaminante o electrifica un proceso, hay una mejora material aunque continúe importando bienes. Si, en cambio, una actividad intensiva en emisiones desaparece del territorio y el mismo consumo se abastece mediante producción equivalente en otro país, una contabilidad exclusivamente territorial puede atribuir a la transformación más de lo que ha ocurrido en el sistema asociado a la demanda.

No hay que elegir una contabilidad y declarar falsa la otra. Hay que entender qué perímetro responde a qué pregunta.

La contabilidad territorial pregunta: ¿qué emitimos aquí? La huella de demanda pregunta: ¿qué emisiones están asociadas a lo que consumimos, con independencia del lugar donde se produjeron? La primera organiza responsabilidad jurisdiccional. La segunda devuelve geografía a objetos cuyo proceso productivo suele llegar invisible al consumidor.

En esa diferencia se repite la lección de la chimenea, pero a escala de comercio mundial. Mover el lugar de una operación puede cambiar de manera real la situación de un territorio y, al mismo tiempo, conservar parte de la consecuencia dentro de la cadena que abastece su consumo.

3. La extracción también tiene una geografía

Antes de que un producto sea ensamblado, vendido y desechado, hay otra capa todavía más fácil de perder de vista: los materiales.

Cobre, hierro, litio, petróleo, gas, madera, algodón, fosfatos, café, cacao, soja. La economía mundial no circula únicamente como dinero, diseño o información. Circula porque enormes cantidades de materia cambian de lugar y de forma. Los territorios ocupan posiciones distintas dentro de ese movimiento: algunos concentran extracción; otros refinado y manufactura; otros diseño, propiedad intelectual, finanzas o consumo; muchos combinan varias funciones.

La distribución no es estable ni responde a una sola historia. Geología, infraestructuras, tecnología, instituciones, inversión, geopolítica, salarios, comercio y trayectorias históricas intervienen a la vez. Las historias coloniales importan en numerosos lugares, pero convertir toda geografía contemporánea de extracción en una mera prolongación lineal del colonialismo borraría transformaciones, decisiones y diferencias que también necesitan explicación.

Hay, sin embargo, una medida actual que permite observar una asimetría relevante sin necesidad de construir una teoría total. ONU Comercio y Desarrollo considera una economía dependiente de productos básicos cuando más del 60 % de sus exportaciones de mercancías se concentra en energía, minería o agricultura. Su panel actualizado en 2026 indica que, entre 2022 y 2024, 94 de 143 economías en desarrollo seguían en esa situación, entre ellas alrededor del 80 % de los países menos adelantados.

La dependencia no significa que exportar materias primas sea un error. Australia, Noruega o economías del Golfo recuerdan que disponer de recursos puede sostener renta, inversión y capacidad pública bajo configuraciones muy distintas. Lo que UNCTAD señala como problema estructural es la concentración: cuando gran parte de los ingresos exteriores depende de unos pocos productos, aumenta la exposición a precios internacionales, ciclos de demanda y shocks que el país no controla, y se vuelve más importante la capacidad de diversificar, transformar y añadir valor.

Visto desde nuestro problema, lo relevante es que la misma materia puede ocupar lugares económicos muy distintos a lo largo de la cadena. El territorio que contiene un recurso no necesariamente concentra el conocimiento, la financiación, el margen, la propiedad de las tecnologías o el poder de negociación asociados al producto final. Tampoco significa lo contrario: extraer no condena a permanecer en la primera fase. Países y empresas pueden desarrollar refinado, industria, servicios, conocimiento y nuevas posiciones dentro de la cadena.

Por eso la geografía del afuera no se reduce a un mapa moral de centros y periferias. Es un mapa de funciones, capacidades y consecuencias distribuidas de manera desigual. Su pregunta no es quién es bueno y quién es malo, sino qué parte de la cadena puede decidir sobre una consecuencia y qué parte debe soportarla sin disponer de una autoridad equivalente para modificar el sistema que la produce.

4. Un producto no termina cuando lo compramos

La cadena suele desaparecer de nuestra atención en el momento de la compra. Es comprensible: para el usuario, un teléfono comienza cuando lo enciende. Materialmente, sin embargo, ese momento se encuentra bastante avanzado en su historia y muy lejos de su final.

En 2022 se generaron en el mundo 62.000 millones de kilogramos de residuos electrónicos, según el Global E-waste Monitor 2024 de ITU y UNITAR. Solo el 22,3 % de esa masa constaba como formalmente recogida y reciclada de una manera ambientalmente adecuada. El mismo informe proyecta 82.000 millones de kilogramos para 2030 si continúa la trayectoria observada.

Conviene precisar lo que esos datos no dicen. No dicen que el resto de los residuos electrónicos termine en un mismo lugar ni que todo se exporte desde países ricos hacia países pobres. Parte queda almacenada, parte entra en circuitos informales, parte se mezcla con otros residuos, parte cambia de categoría estadística y parte puede moverse dentro o fuera de fronteras. La ausencia de recogida documentada no autoriza a inventar un destino.

Lo que sí muestra la cifra es la dificultad de cerrar materialmente una cadena cuya fase comercial funciona mucho mejor que su fase final. Somos extraordinariamente buenos identificando un dispositivo durante la venta: número de serie, precio, propietario, garantía, operador, financiación, seguro. Cuando deja de tener valor para su primer usuario, esa identidad económica puede deshacerse con rapidez precisamente en el momento en que siguen existiendo metales, plásticos, sustancias peligrosas y posibilidades de recuperación.

El residuo es, en este sentido, un candidato perfecto a convertirse en “afuera”. Ha perdido la función por la que era visible, pero no ha perdido materia.

Aquí vuelve a aparecer el papel de las instituciones. Las enmiendas sobre residuos electrónicos del Convenio de Basilea, vigentes desde el 1 de enero de 2025, ampliaron el control sobre sus movimientos transfronterizos. En términos generales, los movimientos comprendidos quedan sometidos al procedimiento de consentimiento fundamentado previo: el Estado de exportación debe notificar y el de importación, y cuando corresponda los de tránsito, deben consentir antes de que el movimiento se realice, con el régimen y excepciones previstos por el propio Convenio.

Es un detalle jurídico con una importancia conceptual enorme. La frontera no desaparece; se utiliza para volver a unir el movimiento físico con información y autorización. Lo que antes podía recorrer el mapa como una mera mercancía residual pasa a cargar una relación más explícita de responsabilidad entre territorios.

No resuelve por sí solo el problema del e-waste, como tampoco un régimen de seguridad laboral resuelve todas las tensiones de una cadena textil. Pero demuestra algo que necesitaremos más adelante: externalizar no es una propiedad inevitable de la distancia. Depende también de cómo diseñemos las relaciones que atraviesan esa distancia.

5. Cuando la responsabilidad aprende a viajar

Rana Plaza tuvo una segunda historia.

La OIT documentó después del desastre cambios en seguridad, supervisión, indemnización y cooperación entre actores nacionales e internacionales. Acuerdos entre marcas, sindicatos y otros participantes extendieron inspecciones y compromisos más allá de la relación contractual inmediata. Años después, la propia literatura de la OIT seguiría señalando límites —entre ellos, la presión que ciertas prácticas de compra pueden ejercer sobre la capacidad de invertir en seguridad—, pero también describiría aquellas iniciativas como experimentos relevantes de regulación laboral transnacional.

Es importante no perder esta mitad del caso. Si el capítulo terminara en el derrumbe, la geografía aparecería como destino. En cambio, lo que ocurrió después muestra que una cadena puede aprender a transportar no solo pedidos y productos, sino también obligaciones, estándares, inspección, información y mecanismos de reparación.

Lo mismo sucede, con lógicas muy distintas, cuando una estadística de emisiones deja de observar únicamente el territorio de producción y reconstruye la huella de la demanda, o cuando un tratado exige consentimiento para mover residuos a través de fronteras. Ninguno de esos dispositivos crea una integración perfecta. Hacen algo más concreto: amplían el perímetro de lo que debe comparecer antes de poder declarar que una operación está correctamente cerrada.

Esa es una definición útil de integración para este volumen.

No significa eliminar diferencias entre países, unificar regulaciones ni construir un centro mundial que lo controle todo. Integrar una consecuencia significa que el sistema que obtiene capacidad de una relación dispone también de vías suficientes para conocer, atribuir, discutir y corregir efectos relevantes de esa relación. A veces esa integración será jurídica; otras, económica, informacional, contractual, tecnológica o política. Casi siempre será incompleta y discutible.

La diferencia con la globalización es sencilla de formular y difícil de realizar.

Globalizar es conseguir que algo circule entre lugares. Integrar es conseguir que las consecuencias relevantes de esa circulación no queden estructuralmente mudas para quienes pueden modificarla.

Una red logística puede ser muy global y poco integrada. Una norma transnacional puede mejorar integración sin reducir comercio. Una empresa puede acortar su cadena y seguir ignorando daños locales. Un producto puede recorrer medio planeta y, sin embargo, estar sometido a trazabilidad, responsabilidad y reparación más robustas que otro fabricado a cincuenta kilómetros.

La geografía importa, pero no actúa sola. Importa porque la distancia física suele venir acompañada de otras distancias: jurídicas, económicas, cognitivas y políticas. Cuando esas distancias se superponen, resulta más fácil que un coste exista sin comparecer ante quien recibe el beneficio asociado.

6. El afuera es una relación, no un país

Llegados aquí, conviene evitar una tentación frecuente: dibujar dos mitades del mundo. Una que consume y obtiene beneficios; otra que extrae, trabaja, contamina y recibe residuos.

Ese mapa puede describir algunas relaciones históricas y actuales, pero no funciona como teoría general. China es simultáneamente gran productor, gran consumidor, gran importador de materias primas y actor tecnológico; los países ricos contienen zonas de extracción, contaminación y precariedad; economías de renta media albergan industrias avanzadas y mercados de consumo masivos; las cadenas cambian; el comercio Sur-Sur es enorme; la propiedad, el capital y la tecnología atraviesan fronteras de formas que no coinciden con una separación simple entre Norte y Sur.

Además, los beneficios y los costes rara vez se distribuyen de una sola manera dentro de cada país. Una exportación puede aumentar ingreso nacional y concentrar daños localmente. Una fábrica puede ofrecer una oportunidad laboral mejor que las alternativas disponibles y seguir operando bajo condiciones que deberían mejorarse. Una transición ambiental en una economía importadora puede reducir daño global y, a la vez, trasladar nuevas presiones mineras a otras regiones. Nada de esto se entiende si cada territorio recibe un papel moral fijo.

Por eso, “afuera” no es Bangladesh, África, una mina, una fábrica o un vertedero. Tampoco es “el Sur global” como un único sujeto.

El afuera se produce cuando una arquitectura permite que la consecuencia relevante de una capacidad quede más lejos de la decisión que el beneficio que esa capacidad genera.

A veces la distancia será física. A veces la fabricará una sociedad mercantil, una subcontrata o una norma de contabilización. A veces será consecuencia de una falta de información real; otras, de una estructura de incentivos que conoce el problema pero no permite actuar sobre él. Y a veces la red conseguirá lo contrario: acercará información, responsabilidad y capacidad de corrección hasta hacer que una consecuencia antes externa entre en la decisión.

Ahí está la diferencia que necesitábamos para continuar el volumen.

Una civilización globalizada ya no es una colección de territorios aislados. Pero tampoco es, por ese solo hecho, un sistema integrado. Puede conectar con enorme precisión el pedido con la fábrica, la mina con el refinado, el contenedor con el puerto, el algoritmo con el consumidor y el capital con la rentabilidad, mientras sigue tratando trabajo, emisiones, riesgo y residuo mediante perímetros distintos.

Cuando esos perímetros empiezan a reunirse, el “afuera” espacial se estrecha. La consecuencia deja de poder esconderse simplemente al otro lado de una frontera.

Queda entonces otra frontera mucho más difícil de cerrar.

Podemos no enviar la factura a otro país. Podemos incluso aprender a reconstruir la cadena completa. Y, aun así, conservar la capacidad de disfrutar hoy de un beneficio cuyo coste aparecerá cuando nosotros ya no estemos tomando la decisión.

El siguiente afuera no está en otro lugar.

Está después.