Volumen I · Parte I · Capítulo 1
El coste no desaparece
Una consecuencia puede salir del perímetro desde el que medimos el éxito sin haber sido eliminada. La historia de la contaminación atmosférica permite distinguir entre reducir un coste, dispersarlo y trasladarlo a otros actores, lugares o tiempos.
¿Qué diferencia hay entre resolver un coste y desplazarlo fuera del perímetro desde el que medimos el éxito?
Durante buena parte del siglo XX, una chimenea alta podía representar una mejora perfectamente visible. Si una instalación industrial expulsaba humo cerca del suelo, la concentración de contaminantes en los alrededores era alta y el daño local aparecía con una evidencia difícil de ignorar: aire irrespirable, depósitos sobre edificios y vegetación, molestias y problemas sanitarios alrededor de la fuente. Elevar el punto de emisión cambiaba esa escena. El penacho ascendía, se diluía en una masa de aire mayor y la concentración inmediata descendía. Desde abajo, junto a la fábrica, podía parecer que el problema se había reducido de forma muy considerable.
Lo que había cambiado, sin embargo, no era necesariamente la cantidad emitida. Había cambiado su distribución.
La historia de la lluvia ácida convirtió esa diferencia en un problema público. En un documento divulgativo publicado por la Agencia de Protección Ambiental de Estados Unidos en 1990, la EPA explicaba que los precursores de la deposición ácida podían permanecer en la atmósfera y ser transportados cientos de millas antes de volver a la superficie. El mismo texto utilizaba el contraste entre chimeneas bajas y altas para enseñar una lección que entonces ya estaba clara: enviar la contaminación más arriba podía aliviar la concentración junto al foco y, al mismo tiempo, favorecer su transporte a larga distancia.
La chimenea no es importante aquí como símbolo de una industria culpable ni como una anécdota sobre errores del pasado. Es importante porque permite ver físicamente una operación que después encontraremos bajo formas mucho menos visibles. Se puede mejorar una situación dentro de un perímetro y conservar la consecuencia fuera de él.
Esa es la primera diferencia de este libro.
1. El éxito depende de dónde se dibuja el borde
Imaginemos que solo medimos la calidad del aire en el entorno inmediato de una instalación. Si la concentración local baja, la intervención ha funcionado respecto de esa variable. No hay trampa en la medición. El dato puede ser verdadero. El problema aparece cuando convertimos esa verdad local en una afirmación más grande: hemos resuelto la contaminación.
Entre ambas frases hay un cambio de perímetro.
La primera pregunta por lo que ocurre aquí. La segunda presupone que sabemos qué ha ocurrido con el contaminante en el sistema completo. Si una parte se ha dispersado, transportado o depositado lejos, el éxito local y el coste total ya no coinciden.
Esta distinción puede parecer elemental, pero es una de las dificultades recurrentes de los sistemas complejos. Medimos aquello que nuestra organización puede ver: su cuenta de resultados, sus emisiones directas, la productividad de una fase, el tiempo de una operación, el territorio sometido a una jurisdicción. Esos perímetros son necesarios. Sin ellos no podríamos decidir nada. El problema no es que exista un borde; el problema empieza cuando confundimos salir del borde con dejar de existir.
Resolver una consecuencia significa modificar el mecanismo que la produce, reducirla de manera efectiva, neutralizarla o hacer que sus costes queden asumidos de una forma compatible con el objetivo perseguido. Desplazarla es otra cosa. Puede consistir en moverla a otro espacio, hacerla recaer sobre otro actor, trasladarla a otro momento o excluirla del cálculo que determina si una decisión fue rentable, eficiente o exitosa.
A veces el desplazamiento es explícito. Otras veces no lo decide nadie de ese modo. Surge de una arquitectura de información, precios y responsabilidades que hace que ciertas consecuencias simplemente no comparezcan ante quien elige.
2. Cuando el precio no cuenta toda la historia
La economía dispone desde hace mucho de una palabra precisa para una parte de este problema: externalidad.
Thomas Helbling la explica en una introducción del Fondo Monetario Internacional sobre costes que los precios no recogen. Las decisiones de producción o consumo pueden afectar a personas que no participan directamente en la transacción. Cuando esos efectos alteran las oportunidades o el bienestar de terceros y el precio no los incorpora, aparece una diferencia entre el coste privado y el coste social.
La contaminación es el ejemplo clásico. Una empresa puede decidir cuánto producir teniendo en cuenta salarios, energía, materias primas, mantenimiento, impuestos y precio de venta, y dejar fuera parte del daño que las emisiones producen en otras personas o actividades. El producto no es ficticio, la empresa no tiene por qué estar falseando su contabilidad y el beneficio puede ser real. Lo que ocurre es que la contabilidad de la operación y la contabilidad de sus consecuencias no tienen el mismo perímetro.
Esto importa porque la palabra externalidad a veces se usa como acusación moral y pierde precisión. Una externalidad no significa que toda actividad económica sea destructiva ni que el mercado solo produzca efectos negativos. También existen externalidades positivas: conocimiento, innovación o vacunación, por ejemplo, pueden producir beneficios que alcanzan a personas que no pagaron por ellos. El concepto señala una desalineación entre la decisión privada y sus efectos sociales, no una teoría total sobre la economía.
Tampoco significa que el problema sea insoluble. Precisamente porque la economía identificó la diferencia entre costes privados y sociales, desarrolló respuestas distintas para intentar internalizarla: impuestos, estándares, responsabilidad, mercados de emisiones, negociación bajo determinadas condiciones, información o combinaciones de instrumentos. Cada solución tiene límites y depende del tipo de externalidad, de la posibilidad de medirla, de los costes de transacción, de la distribución de poder y de la capacidad institucional disponible.
La pregunta relevante para nosotros no es, por tanto, si las externalidades existen. Es otra: ¿qué clase de sistema permite declarar éxito mientras conserva fuera de su cálculo una parte sustancial de las condiciones que hacen posible ese éxito?
3. La lluvia ácida demuestra también lo contrario del fatalismo
Volvamos a la chimenea, porque la historia tiene una segunda mitad que conviene conservar.
Si utilizáramos la lluvia ácida únicamente como ejemplo de consecuencias desplazadas, obtendríamos una narración incompleta. En Estados Unidos, el Acid Rain Program y regulaciones posteriores modificaron de manera profunda la trayectoria de las emisiones eléctricas. La EPA resume hoy que, junto con normas más recientes y cambios en el sector energético, las emisiones anuales de dióxido de azufre de las centrales afectadas se han reducido en más de un 95 % y las de óxidos de nitrógeno en más de un 89 %. La deposición húmeda de sulfato —un indicador habitual de lluvia ácida— cayó más de un 70 % entre 1989-1991 y 2020-2022.
Los datos del informe de progreso del sector eléctrico añaden algo especialmente importante: buena parte de las reducciones se produjo mientras la generación eléctrica de las plantas observadas permanecía relativamente estable entre 2000 y 2023. No fue simplemente “dejar de producir”. Intervinieron regulación, tecnologías de control y cambios en la combinación de combustibles, entre otros factores.
La lección es más interesante que una parábola pesimista. Una consecuencia puede estar mal distribuida, puede escapar al primer perímetro de decisión y, aun así, hacerse visible, medirse, atribuirse y gobernarse. Externalizar no es destino.
Ese punto será importante durante toda la colección. Si cada capítulo se limitara a mostrar que los sistemas humanos producen daños, no estaríamos investigando gran cosa. La cuestión difícil es identificar qué mecanismos permiten una corrección real y cuáles únicamente cambian el lugar donde observamos el problema.
La lluvia ácida ofrece un caso relativamente favorable para aprender esa diferencia. Había contaminantes identificables, fuentes importantes de emisión, técnicas de medición, instituciones con capacidad normativa y un daño que podía relacionarse con procesos físicos suficientemente conocidos. Otros problemas son más difíciles porque cruzan fronteras, décadas, cadenas globales de proveedores, millones de decisiones o sistemas ecológicos y sociales con causalidades mucho menos fáciles de aislar.
Ahí empieza a cambiar la escala del asunto.
4. Hay muchos modos de fabricar un “fuera”
La atmósfera hace visible un desplazamiento espacial, pero el exterior operativo no necesita estar lejos en kilómetros.
Puede ser contable. Un coste existe, pero no entra en la cuenta de quien obtiene el ingreso asociado a la actividad.
Puede ser jurídico. Una cadena de producción atraviesa jurisdicciones con exigencias distintas, de modo que una práctica inadmisible en un lugar puede realizarse en otro sin dejar de alimentar el mismo mercado final.
Puede ser organizativo. Un departamento mejora su indicador trasladando trabajo, riesgo o mantenimiento al siguiente eslabón. El cuadro de mando confirma una mejora y el sistema completo no la experimenta.
Puede ser temporal. Una infraestructura, una deuda, un residuo persistente o un modelo de negocio produce capacidad presente y deja parte de su mantenimiento o deterioro para decisiones futuras.
Puede ser cognitivo. Sabemos que existe una consecuencia, pero está demasiado lejos de la experiencia cotidiana o demasiado fragmentada entre especialistas para alterar la decisión concreta que la sigue produciendo.
Estos mecanismos no son equivalentes y no deberían mezclarse bajo una sola acusación. En los capítulos siguientes habrá que estudiar sus diferencias. Lo que comparten es una estructura mínima: existe un perímetro dentro del cual una decisión aparece como razonable y una consecuencia relevante queda fuera de ese perímetro.
Por eso el “afuera” no es necesariamente un lugar. Puede ser una frontera de cálculo.
5. Una civilización puede aumentar capacidad desplazando parte de su coste
Aquí conviene introducir otra cautela. La industrialización, la expansión energética, el comercio mundial y la urbanización no pueden describirse seriamente como una simple historia de extracción y daño. Han sostenido aumentos enormes de capacidad material: transporte, vivienda, saneamiento, producción de alimentos, medicina, infraestructura, educación, comunicaciones y una expectativa de vida que en muchos lugares habría sido inimaginable para generaciones anteriores.
Precisamente por eso el problema es más difícil que una elección entre “progreso” y “naturaleza”. Las mismas configuraciones que producen beneficios reales pueden producir costes reales que quedan distribuidos de otra manera. Una tecnología puede mejorar la vida de millones y generar residuos persistentes. Una red logística puede abaratar alimentos y depender de cadenas de energía y materiales de gran escala. Una ciudad puede ofrecer oportunidades, servicios y densidad de conocimiento y, al mismo tiempo, importar una parte enorme de la materia y energía que consume desde territorios que apenas aparecen en su paisaje cotidiano.
La pregunta madura no es si esas capacidades deberían haber existido. Es qué ocurre cuando la continuidad de una forma depende de seguir generando beneficios dentro de un perímetro y seguir colocando fuera de él una parte de sus costes.
En el corpus del que nace esta investigación existe una expresión útil para esta estructura: deuda estructural. No la utilizaremos como término económico establecido ni como una supuesta ley científica. La usaremos, cuando sea necesario, como una hipótesis de lectura: una forma puede funcionar durante un tiempo desplazando fricciones, consumiendo capacidad futura u ocultando mantenimiento, y descubrir después que aquello que parecía exterior era una condición diferida de su propia continuidad.
La ventaja de esta formulación es que evita moralizar demasiado pronto. La deuda no demuestra que el sistema sea “malo”; demuestra que hay una cuenta que no ha desaparecido.
6. El cambio de escala vuelve más difícil conservar la ilusión
Durante mucho tiempo, un desplazamiento podía ser materialmente enorme y seguir siendo invisible para gran parte de quienes se beneficiaban de él. La distancia ayudaba. También la fragmentación entre territorios, empresas, administraciones y generaciones.
Ese margen no ha desaparecido, pero la escala material del sistema humano ha cambiado.
El Global Resources Outlook 2024, elaborado por el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente y su International Resource Panel, señala que la extracción mundial de recursos naturales se triplicó en las últimas cinco décadas. El informe subraya además que los niveles de consumo material son especialmente altos en los países de renta alta y media-alta y advierte que, sin cambios relevantes, la extracción podría aumentar otro 60 % en 2060 respecto de 2020.
La cifra no demuestra por sí sola una teoría de la civilización. Tampoco permite decir que “se está acabando el planeta”, porque distintos recursos, ecosistemas y tecnologías tienen dinámicas distintas y porque el propio informe describe vías de transformación. Su función aquí es más limitada: recordar que estamos hablando de una economía cuyo metabolismo material se ha hecho extraordinariamente grande.
Cuando aumenta la escala, aumentan también las probabilidades de que una decisión local dependa de procesos situados muy lejos de su perímetro visible. Los minerales de un dispositivo, la energía de un centro de datos, el fertilizante de un alimento, el residuo de una mercancía, la emisión de una cadena de transporte o el agua incorporada a un producto pueden pertenecer a territorios, balances y momentos distintos.
La consecuencia no es que todo esté conectado con todo de una manera útil para decidir. Esa frase sería demasiado vaga. La consecuencia es más concreta: la arquitectura de la producción moderna permite separar con extraordinaria eficacia el lugar donde se obtiene una utilidad del lugar, el momento o el actor donde aparece una parte de su coste.
Y esa separación, que puede ser una fuente de eficiencia y especialización, se convierte en un problema cuando impide que la decisión reciba información suficiente sobre las condiciones de las que depende.
7. No existe una contabilidad total desde ninguna parte
Llegados aquí podría parecer que la solución consiste simplemente en “meter todos los costes dentro”. Pero tampoco es tan fácil.
No existe una contabilidad perfecta capaz de anticipar todas las consecuencias de una decisión. Los efectos pueden ser inciertos, aparecer décadas después, afectar bienes que no tienen precio claro o distribuirse entre actores con intereses incompatibles. Medir tiene coste. Atribuir causalidad tiene límites. Convertir todo valor en una cifra puede borrar precisamente aquello que intentábamos proteger.
Por eso internalizar no significa construir una planilla infinita donde todo tenga un precio. Significa, como mínimo, evitar que el perímetro de decisión sea ciego a consecuencias que ya sabemos relevantes y crear instituciones capaces de revisar ese perímetro cuando aparecen diferencias nuevas.
A veces la respuesta será un impuesto. Otras, un límite físico. Otras, una obligación de información, una responsabilidad jurídica, una tecnología distinta, un rediseño del producto, una reparación, una prohibición, un mercado regulado, un derecho de salida o un cambio de hábito. Y habrá casos en los que ninguna herramienta disponible resuelva adecuadamente la tensión.
La sostenibilidad empieza a adquirir aquí un significado menos cómodo que “hacer lo mismo de una manera un poco más limpia”. Empieza a preguntar por la relación entre una forma y las condiciones que necesita para continuar.
No desarrollaremos todavía esa tesis. Para hacerlo tendremos que atravesar primero la historia del afuera, el cambio de escala y los mecanismos que hacen que una forma necesite seguir expandiendo determinados flujos para sostenerse. Pero la dirección de la pregunta ya puede verse.
8. De la chimenea al mundo
La chimenea del comienzo no era una metáfora. Era una pieza de ingeniería que podía resolver una dificultad local y producir otra distribución del mismo contaminante. Su interés consiste precisamente en eso: muestra que una mejora puede ser real y, al mismo tiempo, insuficiente para describir el efecto total.
Más de tres décadas de política contra la lluvia ácida muestran la otra cara: una sociedad puede ampliar el perímetro de responsabilidad, medir lo que antes quedaba disperso, cambiar incentivos, imponer límites, innovar y reducir de manera sustancial un daño sin renunciar necesariamente a la función que aquella infraestructura cumplía.
Entre ambas escenas —la dispersión y la corrección— queda fijado el problema que recorrerá este volumen.
No estamos buscando una historia en la que cada coste regrese como castigo a quien lo produjo. Muchas veces no regresa así. Puede recaer sobre otro territorio, otro grupo o otra generación. Puede acumularse como deterioro general. Puede quedar parcialmente absorbido. Puede ser reparado. Puede desaparecer gracias a una innovación real. Puede también producir efectos nuevos que nadie había anticipado.
Lo que sí podemos afirmar es algo más sobrio: sacar una consecuencia de nuestro campo inmediato no basta para demostrar que la hemos resuelto.
El siguiente capítulo deberá añadir una dificultad que aquí solo hemos rozado. Si desplazar un coste puede funcionar durante mucho tiempo, ¿qué condiciones históricas y geográficas hacen posible ese afuera? ¿Quién dispone de la capacidad de trasladar consecuencias y quién queda convertido en territorio receptor, proveedor de materiales, reserva de trabajo o espacio de residuos?
La chimenea nos ha enseñado a mirar el borde. Ahora tendremos que preguntar quién pudo dibujarlo y dónde.
Fuentes y lecturas
- U.S. EPA · Acid Rain: A Student’s First Sourcebook (1990) — material histórico y científico sobre deposición ácida, transporte a larga distancia y el problema de la dispersión mediante chimeneas altas.
- U.S. EPA · Acid Rain Program Results — resultados acumulados en emisiones y deposición ácida.
- U.S. EPA · Power Sector Progress Report: Emissions Reductions — evolución de emisiones, generación y factores asociados a las reducciones.
- Thomas Helbling, FMI · Externalities: Prices Do Not Capture All Costs — introducción al concepto económico de externalidad, costes privados y sociales e instrumentos de internalización.
- UNEP / International Resource Panel · Global Resources Outlook 2024 — tendencias de extracción y uso global de recursos, impactos y escenarios.