Volumen I · Parte III · Capítulo 9

Eficiencia sin suficiencia

Hacer cada unidad con menos energía o materiales puede reducir costes e impactos y, al mismo tiempo, coexistir con un aumento del uso total cuando crecen el número de unidades, la demanda o la escala del sistema. El capítulo distingue eficiencia, rebound, desacoplamiento y suficiencia sin negar los beneficios reales de la innovación ni las necesidades materiales todavía insatisfechas.

¿Puede la eficiencia resolver por sí sola una presión total que continúa creciendo?

En 2025, la intensidad energética de la economía mundial mejoró de nuevo.

Según la Agencia Internacional de la Energía, la economía global produjo más valor por unidad de energía: la intensidad energética mejoró cerca de un 2 por ciento, después de varios años de avances más lentos.

Y, sin embargo, la demanda mundial de energía también aumentó.

Creció un 1,3 por ciento.

No hay contradicción.

Una cosa mide cuánta energía hace falta por unidad de actividad económica. La otra mide cuánta energía usa el sistema completo.

La primera puede bajar mientras la segunda sube.

Ésta es la diferencia que cierra la Parte III.

En el capítulo 7 vimos que muchas instituciones funcionan mejor cuando la actividad futura se expande. En el capítulo 8 vimos que esa expansión puede apoyarse en una arquitectura de rotación: producir, comprar, usar, sustituir, reparar, reutilizar o desechar.

Ahora aparece una promesa poderosa y perfectamente razonable.

Si necesitamos actividad, ¿por qué no hacerla cada vez menos intensiva en energía y materiales?

La respuesta corta es que debemos hacerlo.

La eficiencia es indispensable.

La respuesta larga es que una mejora por unidad no determina por sí sola el resultado agregado.

1. La eficiencia es una mejora real

Conviene empezar por el rival más fuerte.

Sería absurdo convertir este capítulo en un ataque a la eficiencia.

Un motor que entrega el mismo trabajo con menos energía es mejor, todo lo demás igual.

Un edificio que mantiene confort con menos calefacción o refrigeración reduce costes y demanda.

Una red que pierde menos electricidad necesita generar menos para entregar el mismo servicio.

Una fábrica que obtiene la misma producción con menos material disminuye desperdicio y exposición a precios.

La IEA estima que, sin las mejoras de eficiencia conseguidas desde 2010, las emisiones actuales de gases de efecto invernadero serían alrededor de un 20 por ciento mayores. También atribuye a la eficiencia ahorros de importaciones de combustibles, menores facturas y mejoras de competitividad.

Eso importa.

No estamos ante una política cosmética.

Reducir la energía o el material necesarios para prestar un servicio puede liberar recursos, reducir contaminación, abaratar acceso y hacer posibles capacidades que antes eran demasiado caras.

En muchos contextos, esa reducción de coste es precisamente el objetivo.

Una bomba de calor más eficiente puede permitir climatizar una vivienda con menos gasto.

Un frigorífico eficiente puede hacer asequible una conservación de alimentos que mejora salud y reduce desperdicio.

Un sistema de riego más preciso puede elevar productividad con menos agua por unidad de cultivo.

La eficiencia puede ampliar bienestar.

El problema empieza solo cuando confundimos esta verdad con otra afirmación mucho más fuerte:

si cada unidad mejora, el total necesariamente disminuye.

No necesariamente.

2. La multiplicación que decide el resultado

El mecanismo puede expresarse sin teoría complicada.

El uso total de un recurso depende, de manera simplificada, de dos términos:

uso por unidad × número de unidades.

La primera parte puede caer y la segunda crecer.

Un coche puede consumir menos combustible por kilómetro mientras el número de coches o kilómetros recorridos aumenta.

Una bombilla puede requerir menos electricidad por lumen mientras iluminamos más metros cuadrados, durante más horas y con más puntos de luz.

Un servidor puede ejecutar más operaciones por kilovatio hora mientras el número de operaciones se multiplica.

Un edificio puede necesitar menos energía por metro cuadrado mientras aumenta la superficie construida por persona.

Una botella puede contener menos plástico mientras se venden muchas más botellas.

Ésta no es todavía la paradoja de Jevons.

Es aritmética de escala.

La eficiencia reduce la intensidad.

La suficiencia pregunta por el volumen total necesario para sostener la capacidad deseada.

Ambas variables pueden moverse en la misma dirección o en direcciones opuestas.

La diferencia es crucial porque muchas métricas empresariales y tecnológicas observan bien la primera y peor la segunda.

Una empresa puede reducir kilovatios hora por unidad producida y, al mismo tiempo, aumentar su consumo total de electricidad si su producción crece más deprisa.

No está falseando necesariamente su indicador.

Está midiendo otra cosa.

El error aparece cuando una mejora de intensidad se presenta como si implicara automáticamente una reducción absoluta de presión.

3. Un ordenador más eficiente puede alimentar un sistema mayor

La infraestructura digital ofrece un caso contemporáneo especialmente visible.

Los chips, centros de datos, sistemas de refrigeración, redes y software han mejorado continuamente su eficiencia. Cada generación puede realizar más trabajo computacional con una cantidad dada de energía.

Al mismo tiempo, la demanda de computación crece.

La IEA, en Energy and AI, proyecta en su escenario central que el consumo eléctrico mundial de los centros de datos podría más que duplicarse hasta unos 945 TWh en 2030. La propia agencia construye escenarios alternativos que dependen, entre otras cosas, de cuánto mejoren la eficiencia del hardware y el software.

La cifra no demuestra que la eficiencia cause el crecimiento del consumo.

Sería una inferencia excesiva.

La expansión responde a nuevas aplicaciones, inteligencia artificial, servicios digitales, inversión, precio, disponibilidad de capacidad, demanda empresarial y muchas otras variables.

Pero el caso muestra con claridad la estructura del problema.

Puede mejorar la eficiencia de cómputo y aumentar simultáneamente la electricidad total utilizada por la infraestructura digital.

De hecho, una tecnología más eficiente puede hacer económicamente viables usos que antes eran demasiado caros.

Ahí entramos en el rebound.

4. Rebound: cuando parte del ahorro vuelve como uso

El efecto rebote describe el fenómeno por el cual una mejora de eficiencia produce un ahorro técnico potencial y una parte de ese ahorro se pierde porque cambia el comportamiento, el precio efectivo, la producción o el resto de la economía.

Hay varios niveles.

El rebote directo aparece cuando un servicio más barato se usa más.

Si conducir cien kilómetros cuesta menos combustible, puede aumentar el kilometraje.

Si climatizar una habitación cuesta menos, puede mantenerse una temperatura más confortable durante más horas.

El rebote indirecto aparece cuando el dinero ahorrado se gasta en otros bienes y servicios que también requieren energía o materiales.

El rebote sistémico o económico incluye efectos más amplios: precios, inversión, productividad, cambios de estructura industrial y nuevas actividades que se vuelven rentables.

La magnitud de estos efectos es discutida.

Y debe seguir siéndolo.

Una revisión de Brockway, Sorrell y otros autores, publicada en 2021, examinó 33 estudios sobre rebote a escala económica y encontró estimaciones frecuentemente altas, en muchos casos superiores al 50 por ciento del ahorro esperado. Los propios autores subrayan que las metodologías, supuestos y mecanismos incluidos son muy diversos.

No es una constante física.

No podemos tomar un porcentaje y aplicarlo a cualquier tecnología.

La Agencia Europea de Medio Ambiente, al revisar el rebote después de renovaciones de edificios, insiste precisamente en su dependencia del contexto, incluidos renta, comportamiento y condiciones de uso.

Por eso hay que evitar dos simplificaciones.

La primera dice: toda eficiencia se pierde por rebound.

Es falsa.

La segunda dice: el rebound es tan pequeño que puede ignorarse siempre.

También puede ser falsa.

La pregunta empírica es cuánto ahorro técnico permanece como reducción absoluta después de que el sistema responda a la mejora.

5. Cuando el rebote es también bienestar

Hay otro motivo para no moralizar el fenómeno.

A veces usar más un servicio después de hacerlo eficiente no es un fracaso.

Es el beneficio buscado.

Una familia que antes calentaba una sola habitación puede calentar dos después de rehabilitar su vivienda.

Un hogar que sufría calor peligroso puede usar aire acondicionado durante más horas cuando el equipo se vuelve asequible y eficiente.

Una comunidad puede bombear más agua potable con la misma energía.

Un hospital puede refrigerar más medicamentos.

En esos casos, parte del ahorro potencial se transforma en capacidad humana.

Llamarlo simplemente “desperdicio” sería incorrecto.

Este punto es especialmente importante entre niveles de renta distintos.

Donde existe demanda básica insatisfecha, la eficiencia puede servir para aumentar servicio más que para reducir consumo total.

Y puede ser legítimo que así ocurra.

La suficiencia no puede significar congelar desigualdades históricas diciendo a quien carece de una capacidad que el volumen global ya es demasiado alto.

Debe distinguir entre servicio insuficiente, servicio suficiente y expansión que añade poco bienestar adicional respecto de su coste material.

La misma tecnología puede ocupar posiciones distintas en cada contexto.

6. Desacoplar no es una palabra, sino varias

La discusión sobre eficiencia suele desembocar en otra: el desacoplamiento.

¿Puede crecer la economía mientras disminuyen energía, materiales o emisiones?

La respuesta depende de qué variable miramos y de cómo la medimos.

Hay desacoplamiento relativo cuando una presión crece más lentamente que la actividad económica.

Hay desacoplamiento absoluto cuando la actividad económica crece mientras la presión disminuye en términos totales.

El IPCC documenta que el desacoplamiento absoluto de emisiones de CO₂ y PIB ha ocurrido en diversos países y periodos. Para 2015-2018, su análisis encontró desacoplamiento absoluto de emisiones basadas en consumo en 23 de 116 países de la muestra y de emisiones territoriales en 32.

Esto invalida una afirmación frecuente:

el desacoplamiento absoluto es imposible.

No es imposible.

Pero el mismo análisis introduce tres reservas.

Primera: no todos los países lo consiguen.

Segunda: puede ser temporal; algunos países que desacoplaron en un periodo dejaron de hacerlo después.

Tercera: reducir emisiones mientras crece el PIB no significa que la reducción sea suficientemente rápida para un objetivo climático determinado.

En 2025 encontramos una versión global de esta diferencia.

La IEA estima que el PIB mundial creció un 3,1 por ciento y la demanda de energía un 1,3 por ciento. Hubo desacoplamiento relativo entre actividad económica y energía.

Pero la demanda total de energía aumentó.

Y las emisiones energéticas de CO₂ también aumentaron, aunque solo alrededor de un 0,4 por ciento.

Mejor intensidad.

Menor crecimiento de presión que de actividad.

Presión total todavía creciente.

Las tres afirmaciones pueden ser ciertas al mismo tiempo.

7. Los materiales son una prueba más difícil

Con los materiales aparece una dificultad adicional.

La descarbonización eléctrica puede sustituir una fuente de energía por otra y reducir emisiones por kilovatio hora. En cambio, una economía sigue necesitando masa física para edificios, carreteras, vehículos, máquinas, redes, alimentos, dispositivos e infraestructura energética.

La International Resource Panel de UNEP estima que la extracción mundial de recursos naturales pasó de aproximadamente 30.000 millones de toneladas en 1970 a unos 106.000 millones cinco décadas después.

Se triplicó aproximadamente.

El mismo informe proyecta, bajo tendencias actuales, un aumento adicional cercano al 60 por ciento hacia 2060.

Estas cifras tampoco demuestran que mejorar la eficiencia material sea inútil.

Al contrario: sin ella, para prestar el mismo conjunto de servicios harían falta todavía más recursos.

Pero muestran que el aumento de productividad material observado no ha bastado, a escala global, para convertir crecimiento de actividad en reducción absoluta del flujo material total.

Además, la contabilidad importa.

Un país puede reducir materiales extraídos dentro de su territorio y aumentar al mismo tiempo materiales incorporados en bienes importados.

Por eso existen indicadores de huella material y consumo que intentan seguir la cadena hasta la demanda final.

El “fuera” contable reaparece si medimos solo donde ocurre la extracción y no donde se consume el servicio.

8. Eficiencia y suficiencia responden a preguntas distintas

El IPCC utiliza una definición útil de suficiencia.

En su Sexto Informe de Evaluación, las políticas de suficiencia se refieren a medidas y prácticas que evitan demanda de energía, materiales, tierra y agua mientras proporcionan bienestar dentro de límites planetarios.

La palabra importante no es evitar.

Es servicio.

No necesitamos kilovatios hora por sí mismos.

Necesitamos luz, temperatura segura, movilidad, conservación de alimentos, información, salud, vivienda y capacidad productiva.

La eficiencia pregunta:

¿cómo presto ese servicio con menos entrada por unidad?

La suficiencia añade otra pregunta:

¿qué cantidad y qué configuración de servicio necesitamos para sostener bienestar?

El marco Avoid-Shift-Improve utilizado por el IPCC ayuda a separar operaciones.

Improve: hacer más eficiente una tecnología o servicio.

Shift: cambiar hacia modos o infraestructuras menos intensivos.

Avoid: evitar demanda que no es necesaria para prestar el servicio deseado.

No son sustitutos perfectos.

Un sistema de movilidad puede necesitar vehículos más eficientes, transporte colectivo y ciudades que reduzcan distancias obligatorias.

Un edificio puede necesitar mejor aislamiento y, a la vez, una relación razonable entre superficie y necesidades del hogar.

Una cadena de materiales puede necesitar reciclaje eficiente y productos que no requieran sustitución tan rápida.

La suficiencia empieza donde la pregunta por la unidad deja de ser suficiente.

9. El rival más fuerte: la tecnología sí puede cambiar la trayectoria

Hay una tentación simétrica a la fe automática en eficiencia.

Consiste en mirar el rebound y concluir que la tecnología nunca resuelve nada.

También sería falso.

Los paneles solares desplazan generación fósil.

Las bombas de calor pueden reducir energía final para calefacción.

Los vehículos eléctricos convierten energía en movimiento con mucha más eficiencia que motores de combustión y pueden reducir emisiones cuando la electricidad se descarboniza.

Los estándares de electrodomésticos han evitado enormes cantidades de consumo acumulado.

La iluminación LED presta más luz por unidad de electricidad.

La propia IEA calcula que la difusión de tecnologías limpias desde 2019 evita ya miles de millones de toneladas de CO₂ al año respecto de un escenario sin ellas.

Una forma puede cambiar mediante tecnología.

Lo que no podemos inferir es que toda mejora tecnológica cambie automáticamente la orientación agregada de la forma.

Una innovación puede reducir presión por unidad y, al mismo tiempo, quedar absorbida por más unidades, nuevos usos o mayor velocidad de rotación.

Otra puede producir una reducción absoluta duradera.

Hay que medir el resultado.

10. La eficiencia no decide el tamaño del sistema

Podemos volver a la aritmética inicial.

En 2025, la economía global mejoró su intensidad energética.

Y usó más energía.

Eso no invalida la eficiencia.

Muestra su límite lógico.

La eficiencia decide cuánta entrada necesita una unidad de servicio.

No decide cuántas unidades de servicio producirá el sistema.

Esa segunda variable depende de renta, precios, infraestructuras, normas, desigualdad, expectativas, tecnología, competencia, política y necesidades reales.

Aquí se unen los tres capítulos de la Parte III.

El capítulo 7 mostró instituciones que funcionan mejor cuando aumenta la actividad.

El capítulo 8 mostró una arquitectura que convierte esa actividad en rotación de bienes y servicios.

El capítulo 9 muestra que hacer cada unidad mejor no garantiza que la presión total disminuya si la expansión absorbe la ganancia.

La tesis puede formularse así:

una forma puede aumentar su eficiencia local y conservar intacta su orientación agregada.

Ésta es una tesis del corpus, no una ley económica universal.

Hay sistemas donde la eficiencia produce reducciones absolutas.

Hay otros donde libera capacidad para crecer.

Hay contextos donde ese crecimiento amplía bienestar necesario.

Y hay contextos donde aumenta presión con ganancias marginales cada vez menores.

Por eso eficiencia y suficiencia deben medirse en niveles distintos.

Una pregunta mira la unidad.

La otra mira el campo completo.

La Parte III termina aquí.

Ya sabemos por qué una economía puede necesitar continuar, cómo puede convertir deseo y objetos en rotación y por qué incluso mejoras técnicas reales pueden ser absorbidas por una escala que sigue aumentando.

Ahora podemos formular una pregunta más incómoda.

¿Qué ocurre cuando una política corrige indicadores, reduce intensidades o compensa daños, pero la forma que produce las presiones fundamentales permanece igual?

Ahí comienza la Parte IV.

Después del afuera.