Volumen I · Parte III · Capítulo 8

Comprar, usar, desechar

Una economía que necesita actividad no se reproduce solo produciendo más: necesita que los productos circulen. Durabilidad, reparación, sustitución, diseño, residuos y reciclaje determinan la velocidad de esa rotación. El capítulo trata la sociedad de consumo como arquitectura de flujos y no como simple defecto moral del consumidor.

¿Qué forma de mundo produce una economía en la que la continuidad depende de convertir materiales y deseo en rotación constante?

En 2022 el mundo generó 62 millones de toneladas de residuos electrónicos.

No es una estimación del conjunto de los residuos. Es solo una categoría: teléfonos, ordenadores, pantallas, electrodomésticos y otros equipos eléctricos y electrónicos que llegaron al final de su uso registrado.

El Global E-waste Monitor 2024, elaborado por la UIT y UNITAR, estimó además que solo el 22,3 por ciento de esa masa fue documentada como recogida y reciclada formalmente de manera ambientalmente adecuada. Entre 2010 y 2022, la generación de residuos electrónicos creció desde unos 34 hasta 62 millones de toneladas, mucho más deprisa que el reciclaje formal documentado.

La cifra impresiona, pero su interés aquí no está en construir una metáfora apocalíptica con montañas de aparatos.

Está en la secuencia.

Extraer.

Diseñar.

Fabricar.

Transportar.

Vender.

Comprar.

Usar.

Sustituir.

Desechar.

Recoger.

Reparar, reutilizar, reciclar, exportar, almacenar o perder.

Un objeto de consumo no es solo una cosa.

Es un episodio dentro de un flujo.

Y cuando una economía necesita actividad creciente para sostener empleo, inversión, rentabilidad, recaudación y capacidad de pago, la velocidad con la que esos episodios se suceden deja de ser un detalle doméstico.

Se convierte en arquitectura económica.

1. De producto a flujo

El capítulo anterior mostró que crecer puede cumplir una función de estabilidad.

Si hay más actividad, resulta más fácil absorber productividad, atender deuda, ampliar bases fiscales, justificar inversiones y repartir algunos conflictos sin que toda la redistribución aparezca de forma explícita.

Pero el crecimiento agregado necesita mecanismos concretos.

Una fábrica puede producir más porque entran nuevos consumidores.

Una empresa puede crecer porque sustituye a otra.

Un sector puede expandirse porque resuelve una necesidad antes insatisfecha.

También puede crecer porque los objetos que vende rotan con mayor frecuencia.

Eso introduce una variable que rara vez aparece cuando hablamos de “consumo” como si fuera una preferencia psicológica: la duración económica del producto.

Dos economías pueden prestar un servicio parecido con velocidades de rotación muy distintas.

Un abrigo puede durar quince años o tres temporadas.

Un teléfono puede seguir funcionando durante seis años o quedar sustituido a los tres.

Una lavadora puede repararse varias veces o convertirse en residuo cuando falla un componente de bajo valor.

Una oficina puede renovar muebles por deterioro, por cambio de uso o por imagen.

La demanda anual no depende solo de cuántas personas necesitan una función.

Depende también de cuánto dura el objeto que la presta, de cuánto cuesta mantenerlo, de si puede repararse, de si sus piezas están disponibles, de si sigue siendo compatible con otros sistemas y de qué valor social se asigna a conservarlo o sustituirlo.

La sociedad de consumo aparece entonces bajo otra luz.

No es únicamente una multitud que “quiere cosas”.

Es una red de diseño, financiación, marketing, logística, distribución, garantía, software, reparación, segunda mano y gestión de residuos que determina cuánto tiempo permanece cada cosa dentro del circuito antes de ser reemplazada.

2. Durar es una decisión técnica y económica

La durabilidad parece una propiedad física.

Un objeto resiste o no resiste.

Pero en productos complejos la vida efectiva depende de muchas capas.

Puede fallar el material.

Puede fallar un componente.

Puede desaparecer una actualización de software.

Puede dejar de existir un repuesto.

Puede ser técnicamente reparable pero económicamente absurdo repararlo.

Puede funcionar y, sin embargo, consumir tanta energía que sustituirlo sea razonable.

Puede seguir prestando su función y perder compatibilidad con el entorno en el que opera.

Por eso conviene distinguir durabilidad física de durabilidad funcional y de durabilidad económica.

Un frigorífico puede seguir encendiendo y ser ineficiente.

Un ordenador puede estar intacto y no ejecutar el software requerido.

Un automóvil puede ser reparable pero tener una reparación cuyo coste supera su valor de mercado.

Estas diferencias importan porque impiden una conclusión demasiado fácil: producto nuevo = desperdicio.

No es cierto.

La sustitución puede mejorar seguridad, eficiencia, accesibilidad o prestaciones. La innovación puede hacer posible algo que antes no existía. En muchas regiones, además, la expansión de bienes básicos sigue siendo una forma legítima de desarrollo material.

El problema no es que los objetos cambien.

El problema es qué incentivos determinan cuándo cambian y quién incorpora el coste material completo de esa decisión.

Cuando la venta de unidades nuevas es el principal mecanismo de ingreso, una vida útil más larga puede reducir la frecuencia de compra.

Eso no demuestra que cada fabricante diseñe deliberadamente productos para romperse.

Demuestra algo menos conspirativo y más importante: la duración tiene consecuencias económicas.

Puede favorecer al usuario y reducir throughput, pero también desplazar ingresos, empleo y márgenes hacia mantenimiento, servicios, actualización o reparación. Cambiar la duración sin cambiar el modelo de negocio puede cambiar quién captura valor.

3. Reparar no depende solo de querer reparar

Durante años, reparar se presentó a menudo como una virtud del consumidor cuidadoso.

Pero la posibilidad de reparación se decide mucho antes de que el consumidor llegue al taller.

Se decide en tornillos o adhesivos.

En módulos separables o piezas integradas.

En disponibilidad de repuestos.

En acceso a manuales y herramientas.

En precios.

En software de diagnóstico.

En garantías.

En la existencia de técnicos y redes logísticas.

La Directiva europea 2024/1799, adoptada en junio de 2024 y aplicable a través de las normas nacionales desde julio de 2026, convierte precisamente estas cuestiones en materia institucional. Para categorías sujetas a requisitos de reparabilidad, introduce obligaciones de reparación y mecanismos para facilitar que el consumidor compare y acceda a servicios de reparación.

El marco europeo de diseño ecológico para productos sostenibles amplía la mirada todavía más: duración, facilidad de reparación, desmontaje, contenido reciclado y huella de ciclo de vida pueden convertirse en requisitos del propio diseño del producto.

La lección no es que la regulación europea haya resuelto el problema.

Es otra.

La vida de un objeto no es un dato natural.

Puede modificarse mediante reglas de diseño, información, repuestos, garantías y derechos de reparación.

Eso significa que parte de la rotación material que parecía una suma de decisiones privadas es en realidad una propiedad de la arquitectura del mercado.

4. Obsolescencia: una palabra que explica demasiado si no se distingue

“Obsolescencia” es una palabra útil y peligrosa.

Puede significar cosas distintas.

Un producto puede quedar obsoleto porque aparece otro objetivamente mejor.

Puede quedar obsoleto porque cambia un estándar técnico.

Puede hacerlo porque el fabricante deja de mantener software o piezas.

Puede perder atractivo porque cambian preferencias estéticas.

Puede quedar fuera del mercado porque repararlo cuesta demasiado.

Y sí: también puede existir diseño deliberado orientado a limitar la vida útil o a dificultar una reparación que técnicamente sería posible.

Pero convertir todos esos mecanismos en “obsolescencia programada” impide entenderlos.

La pregunta relevante no es si existe una única intención detrás de la rotación.

Es qué condiciones hacen que reemplazar sea más probable que mantener.

A veces será diseño.

A veces será precio.

A veces será incompatibilidad.

A veces será innovación real.

A veces será moda.

A veces será falta de reparación local.

A veces será una decisión perfectamente racional del usuario porque el coste esperado de mantener el producto antiguo supera el de sustituirlo.

La arquitectura de flujos no necesita una causa única.

Necesita que, agregadas, suficientes decisiones mantengan circulando producción y demanda.

5. El residuo no empieza en el contenedor

Cuando tiramos un objeto, parece que termina una historia.

Administrativamente puede ser así.

Materialmente no.

Los metales, polímeros, vidrio, componentes químicos y energía incorporada no desaparecen cuando el producto deja la casa, la oficina o la tienda.

Entran en otro sistema.

El Global Waste Management Outlook 2024 analiza precisamente el residuo como parte de una economía completa: recogida, tratamiento, costes sanitarios y ambientales, recuperación y escenarios de circularidad.

La OCDE utiliza una lógica similar cuando define la eficiencia de recursos a lo largo de todo el ciclo: extracción, transporte, fabricación, consumo, recuperación y eliminación.

Esto cambia la unidad de análisis.

Si miramos solo el momento de compra, un producto nuevo puede parecer una transacción cerrada.

Si miramos el ciclo de materiales, cada unidad abre una secuencia de entradas y salidas.

El residuo es una de ellas.

Y la velocidad de sustitución multiplica la frecuencia con la que esa secuencia se repite.

Por eso las 62 millones de toneladas de e-waste son más que un problema de vertedero.

Representan materiales que fueron extraídos, procesados, manufacturados y transportados antes de convertirse en flujo residual. Parte se recupera. Parte se almacena. Parte se exporta. Parte se pierde o se trata de forma inadecuada.

El final de uso no es el final del campo material.

6. La escala importa y no todos consumen igual

Aquí reaparece una precaución que el volumen necesita mantener desde el principio.

Hablar de “sociedad de consumo” en singular puede borrar diferencias decisivas.

El Global Resources Outlook 2024 recuerda que la extracción mundial de recursos naturales se ha aproximadamente triplicado en cinco décadas y que el consumo material y sus impactos están fuertemente distribuidos de forma desigual entre grupos de renta y regiones.

Eso impide repartir responsabilidad de manera homogénea.

Un hogar que incorpora por primera vez refrigeración segura, saneamiento, movilidad, vivienda adecuada o conectividad no ocupa la misma posición material que otro que sustituye repetidamente bienes todavía funcionales.

Una economía que construye infraestructura básica no tiene el mismo perfil que otra cuya mayor parte del stock físico ya está construido.

Por eso la crítica a la rotación no puede convertirse en una defensa abstracta de “consumir menos” aplicada por igual a todos.

La pregunta debe ser concreta:

¿qué flujos satisfacen capacidades todavía ausentes?

¿qué flujos mantienen capacidades existentes?

¿qué flujos responden a preferencias legítimas?

¿y cuáles dependen de una velocidad de sustitución que genera poco beneficio adicional en relación con su coste material?

Sin esa distinción, la sostenibilidad se vuelve una consigna distributivamente ciega.

7. Circular no significa cerrado

La respuesta más conocida a una economía lineal —extraer, producir, usar, desechar— es la economía circular.

La dirección es importante.

Reparar puede prolongar vida útil.

Reutilizar puede evitar una producción nueva.

Remanufacturar puede conservar componentes de alto valor.

Reciclar puede recuperar materiales.

Diseñar para desmontaje puede reducir pérdidas y costes futuros.

Todas esas mejoras son reales.

Pero “circular” puede inducir una imagen demasiado perfecta si se interpreta como un circuito material completamente cerrado.

Los procesos tienen pérdidas.

Los materiales se degradan o mezclan.

La recuperación consume energía.

Algunos productos dispersan materiales durante su uso.

El stock de infraestructuras y bienes puede seguir creciendo y requerir entradas netas aunque la tasa de reciclaje mejore.

Y una economía que aumenta rápidamente el número de productos puede demandar más materia virgen incluso mientras recicla cada vez mejor.

Por eso reparación, reúso y reciclaje cambian la arquitectura, pero no responden todavía a la pregunta agregada de suficiencia.

Pueden reducir material por unidad de servicio.

No garantizan que el uso total de materiales disminuya.

Esa diferencia será central en el capítulo siguiente.

8. El rival: rotación no es sinónimo de desperdicio

Sería sencillo cerrar aquí con una oposición moral entre durar y sustituir.

Sería incorrecto.

Hay productos que deben retirarse por seguridad.

Hay tecnologías cuya eficiencia mejora lo bastante como para que sustituir un equipo antiguo reduzca impactos durante su uso.

Hay necesidades nuevas.

Hay innovación que crea capacidades valiosas.

Hay mercados de segunda mano que permiten que un mismo objeto preste servicio a varias personas consecutivamente.

Hay modelos de alquiler y servicio que pueden elevar la utilización de un stock existente.

Hay reparación que cuesta más materiales, desplazamientos o trabajo que una sustitución razonable.

Y hay bienes cuyo principal impacto ocurre durante el uso, no durante su fabricación.

La duración máxima no es, por tanto, una regla universal.

La pregunta útil es otra:

¿qué duración y qué forma de circulación minimizan el coste material total para la capacidad que realmente queremos sostener?

Esta formulación cambia el debate.

Ya no pregunta si consumir es moralmente malo.

Pregunta qué servicio necesitamos, qué stock lo presta, cuánto dura, qué mantenimiento requiere, qué entradas materiales exige y qué ocurre después.

Eso permite discutir diseño sin culpar al usuario, responsabilidad del consumidor sin borrar la estructura e innovación sin identificar novedad con progreso automático.

9. Una arquitectura de rotación

Volvamos al teléfono, al electrodoméstico o al ordenador que entra en la estadística de residuos electrónicos.

Antes de ser residuo fue ingreso para alguien.

Fue demanda para una fábrica.

Fue carga para una red logística.

Fue inventario para un distribuidor.

Fue capacidad para un usuario.

Fue, quizá, crédito, suscripción, garantía o contrato de servicio.

Y cuando salió del uso abrió otra cadena de actividades: recogida, clasificación, reparación, reventa, desmontaje, reciclaje o eliminación.

Eso es lo que significa hablar de una arquitectura de flujos.

La economía de consumo no se sostiene porque exista un vicio psicológico universal llamado consumismo.

Se sostiene porque producción, empleo, inversión, publicidad, crédito, innovación, estatus, conveniencia, diseño y logística pueden alinearse alrededor de una circulación continua de productos y servicios.

El deseo importa.

Pero el deseo encuentra una infraestructura que lo produce, lo informa, lo financia y lo convierte en flujo material.

Y la tesis de este capítulo puede formularse con precisión:

cuando la continuidad depende de la rotación, la duración de un objeto deja de ser solo una propiedad técnica y se convierte en una variable económica.

El residuo es el reverso material de esa velocidad.

La reparación puede frenarla.

La reutilización puede alargar el circuito.

El reciclaje puede recuperar una parte de lo que sale.

El diseño puede cambiar cuánto se pierde.

Pero aparece inmediatamente una promesa todavía más potente.

Tal vez no necesitemos reducir la actividad si conseguimos hacer cada unidad con menos energía y menos materiales.

Tal vez baste con ser más eficientes.

Es una posibilidad real.

Y precisamente por eso hay que examinarla con cuidado.

Porque una unidad más eficiente puede abaratar el servicio, ampliar su acceso y aumentar el número de unidades utilizadas.

El siguiente capítulo entra en esa tensión.

Eficiencia no es todavía suficiencia.