Volumen I · Parte III · Capítulo 7

Crecer para sostener lo existente

El crecimiento no opera solo como ideal cultural. Empleo, deuda, ingresos públicos, pensiones, inversión, expectativas y competencia pueden quedar acoplados a una expansión continuada de actividad. El capítulo distingue esa dependencia institucional del supuesto, mucho más fuerte y falso, de que toda economía deba crecer materialmente para siempre.

¿Por qué tantas instituciones económicas y políticas dependen del crecimiento incluso cuando reconocen límites materiales?

En mayo de 2025, la Organización Internacional del Trabajo redujo su previsión de creación de empleo mundial para ese año.

La revisión parecía pequeña si se miraba como una corrección macroeconómica: el crecimiento del PIB previsto se había rebajado y la creación de empleo también.

Pero traducida a personas, la diferencia era de aproximadamente siete millones de empleos respecto de la proyección anterior.

La OIT no estaba formulando una ley universal según la cual cada punto de crecimiento produzca automáticamente una cantidad fija de trabajo. Los mercados laborales son demasiado distintos para eso. Estaba mostrando un acoplamiento práctico: cuando se debilita la actividad esperada, las previsiones de contratación se debilitan con ella.

Ese vínculo abre la Parte III.

Los capítulos anteriores mostraron que la actividad humana cambió de escala, que procesos biofísicos antes tratados como fondo entraron en la cuenta y que una red global puede transmitir efectos más deprisa de lo que sus instituciones consiguen integrarlos.

Ahora el problema cambia de lugar.

Ya no preguntamos solo qué consecuencias salen fuera.

Preguntamos qué ocurre dentro de una forma económica cuando muchas de sus obligaciones presentes han sido construidas suponiendo que mañana habrá más actividad, más renta, más recaudación, más ventas o más capacidad de pago que hoy.

La cuestión no es si el crecimiento es bueno o malo en abstracto.

La cuestión es más concreta:

¿qué necesita crecer para que determinadas promesas, balances y organizaciones puedan seguir funcionando sin una redistribución explícita de costes?

1. El crecimiento puede ser una preferencia, pero también un acoplamiento

Es fácil contar una historia cultural del crecimiento.

Más es mejor.

Una empresa quiere vender más.

Un gobierno celebra que el PIB aumente.

Una familia espera mejorar su renta.

Un inversor busca rentabilidad.

Esa historia existe. Las expectativas sociales y políticas importan. Pero no basta.

Hay situaciones en las que crecer no es solo una aspiración. Es la manera ordinaria de evitar un conflicto distributivo.

Si la productividad aumenta y la producción no lo hace, una empresa puede necesitar menos horas de trabajo para producir lo mismo. Esa mejora puede convertirse en jornadas más cortas, salarios mayores, precios menores o beneficios mayores.

Pero ninguna de esas distribuciones ocurre automáticamente.

Si el sistema institucional no reparte el aumento de productividad mediante menos horas, más renta o nuevas actividades, la reducción de trabajo necesario puede aparecer como desempleo o menor contratación.

Ahí el crecimiento de la producción cumple una función estabilizadora: absorbe parte de la productividad adicional sin obligar a decidir de forma tan visible quién trabaja menos, quién cobra más, quién acepta menor margen o quién cambia de sector.

Algo parecido sucede con la deuda.

Una deuda no exige que toda la economía crezca para existir. Puede pagarse con ahorro, impuestos, venta de activos, refinanciación o reducción de otros gastos.

Pero cuando deuda pública y privada son grandes, una economía que crece aumenta normalmente la base de renta desde la que se atienden intereses y principal. El denominador crece.

Con las pensiones sucede otra cosa.

En muchos sistemas, las prestaciones actuales se financian en gran parte con cotizaciones o impuestos actuales. Más personas ocupadas, salarios mayores y una base fiscal más amplia alivian la relación entre obligaciones y recursos disponibles.

La inversión introduce otro acoplamiento.

Se invierte hoy porque se espera una corriente futura de ingresos. Si las ventas agregadas dejan de crecer durante mucho tiempo, una parte de los proyectos que parecían rentables deja de serlo. No todos: reemplazar equipos, ahorrar energía, mejorar calidad o sustituir tecnología puede seguir siendo rentable en una economía estacionaria. Pero la expectativa de expansión amplía el universo de inversiones que pueden justificarse.

La competencia añade presión.

Una empresa no decide en vacío. Si un rival gana escala, reduce costes, entra en nuevos mercados o reinvierte beneficios, permanecer inmóvil puede significar perder posición incluso aunque la demanda total no crezca.

Por eso conviene abandonar una caricatura.

La expansión económica no se mantiene únicamente porque alguien crea ideológicamente en ella.

Puede estar incorporada en la forma de contratos, empleo, fiscalidad, prestaciones, inversión y competencia.

2. Empleo: la aritmética incómoda de la productividad

La productividad laboral mide, de forma simplificada, cuánto valor se produce por unidad de trabajo.

La OCDE recuerda en su Compendium of Productivity Indicators 2026 que el crecimiento de la productividad es central para elevar ingresos sin depender únicamente de más horas trabajadas o de una fuerza laboral mayor.

Ésa es la buena noticia.

La productividad permite hacer más con el mismo tiempo.

Pero introduce una pregunta distributiva que las cifras agregadas pueden esconder.

Supongamos una economía capaz de producir mañana el mismo volumen que hoy con menos horas de trabajo.

Hay varias posibilidades.

Puede producir lo mismo y reducir jornadas.

Puede producir lo mismo y mantener jornadas mientras aumenta otro tipo de actividad.

Puede producir más con las mismas horas.

Puede reducir empleo.

Puede combinar todas ellas.

Ninguna salida viene inscrita en la tecnología.

Cuando las instituciones, los salarios, la financiación pública y la protección social están construidos alrededor del empleo remunerado, la expansión de la producción ofrece una forma relativamente sencilla de convertir ganancias de productividad en nuevas tareas y rentas sin reducir de manera drástica el volumen de trabajo contratado.

Por eso los informes laborales siguen mirando el crecimiento económico cuando estiman empleo.

La actualización de la OIT de mayo de 2025 redujo el crecimiento mundial del empleo previsto del 1,7 al 1,5 por ciento al deteriorarse la perspectiva económica. No prueba que el empleo dependa siempre del PIB con la misma elasticidad. Muestra que, bajo la arquitectura vigente, ambas variables están acopladas de forma suficiente como para que una revisión de crecimiento altere millones de previsiones laborales.

El rival fuerte es evidente.

Una economía no tiene por qué responder a la productividad despidiendo personas.

Puede repartir horas.

Puede reforzar servicios intensivos en trabajo.

Puede modificar impuestos y cotizaciones.

Puede reducir la jornada estándar.

Puede sostener empleo público o comunitario.

Puede permitir que una misma renta se produzca con menos tiempo de trabajo.

Por eso la conclusión no es sin crecimiento = desempleo.

La conclusión es más precisa:

si la productividad cambia y las instituciones de reparto no cambian, el crecimiento de la producción funciona como uno de los mecanismos que reduce la presión sobre el empleo.

Eso es dependencia institucional, no ley natural.

3. Deuda: cuando el futuro ya está comprometido

La deuda convierte una expectativa futura en capacidad presente.

Una familia compra una vivienda antes de haber acumulado todo su precio.

Una empresa construye una planta con ingresos que espera obtener durante años.

Un Estado financia infraestructura, gasto extraordinario o déficits emitiendo obligaciones que se atenderán con recursos futuros.

No hay nada anómalo en ese mecanismo.

La deuda permite trasladar capacidad hacia el presente y distribuir costes en el tiempo. El problema aparece cuando el volumen de obligaciones crece más deprisa que la capacidad de atenderlas o cuando refinanciar exige condiciones cada vez más exigentes.

El FMI resume la sostenibilidad de la deuda pública mediante varias piezas: saldo primario, nivel de deuda, tipos de interés y crecimiento. En su análisis sobre un mundo de deuda alta y crecimiento lento, señala que un crecimiento mayor facilita la sostenibilidad mientras tipos más altos y niveles de deuda mayores la dificultan.

No significa que crecer sea la única estrategia.

Un gobierno puede aumentar ingresos, reducir gastos, modificar impuestos, reestructurar deuda, alterar vencimientos o aceptar inflación dentro de límites institucionales y macroeconómicos.

Pero el crecimiento tiene una propiedad políticamente poderosa: permite mejorar la relación deuda/PIB sin que toda la corrección tenga que aparecer como un recorte o una transferencia explícita entre grupos presentes.

El denominador hace trabajo político.

Si la renta agregada aumenta, una misma deuda pesa menos en relación con ella.

Por eso una economía muy endeudada puede convertirse en una economía especialmente sensible a la desaceleración.

No porque el crecimiento sea una exigencia física de la deuda.

Porque gran parte de la estabilidad contractual fue construida con expectativas sobre flujos futuros.

Aquí reaparece el mecanismo del Capítulo 3, pero desde dentro.

Antes vimos que el presente puede enviar costes al futuro.

Ahora vemos que también puede traer capacidad del futuro al presente mediante promesas de pago.

Cuantas más promesas acumulamos, más importa la trayectoria de la base que deberá sostenerlas.

4. Pensiones y Estado social: sostener obligaciones con una base que cambia

Las pensiones muestran con especial claridad que el problema no es solo empresarial.

En buena parte de los sistemas públicos, las prestaciones se financian mediante una combinación de cotizaciones, impuestos y transferencias corrientes. Su sostenibilidad depende de reglas concretas, demografía, empleo, salarios, edad efectiva de jubilación, productividad y diseño fiscal.

La OCDE, en Pensions at a Glance 2025, señala que el gasto público en pensiones representa de media alrededor del 8,1 por ciento del PIB en los países de la organización y que el empleo más alto ha compensado una parte de la presión demográfica observada en décadas recientes.

Las proyecciones de la propia OCDE muestran que, en los países con datos comparables, el envejecimiento empuja el gasto al alza y obliga a combinar reformas de edad, prestaciones, empleo, contribuciones y otras variables.

La Comisión Europea realiza el mismo tipo de ejercicio para gasto asociado al envejecimiento.

Aquí tampoco existe una ecuación única que diga: las pensiones requieren crecimiento.

Un país puede financiar una proporción mayor del PIB en pensiones.

Puede elevar cotizaciones.

Puede cambiar impuestos.

Puede retrasar edades de jubilación.

Puede modificar prestaciones.

Puede aumentar empleo, inmigración o participación laboral.

Puede complementar reparto con ahorro capitalizado.

Pero cada alternativa distribuye costes y derechos de manera visible.

El crecimiento vuelve a cumplir una función particular: si salarios, empleo y renta agregada aumentan, la base que financia compromisos sociales puede crecer sin que todo el ajuste deba realizarse mediante mayores tipos, menores prestaciones o reasignaciones presupuestarias.

Esto explica por qué el debate sobre crecimiento aparece una y otra vez incluso en instituciones que aceptan objetivos climáticos y ambientales estrictos.

No están necesariamente ignorando los límites.

Están gestionando obligaciones que fueron diseñadas dentro de una economía donde la expansión futura desempeña parte de la función de ajuste.

5. Inversión: comprar hoy una demanda que todavía no existe

Toda inversión contiene una imagen del futuro.

Una máquina.

Una nave logística.

Una red de fibra.

Un parque eólico.

Un restaurante.

Una plataforma digital.

Se compromete capital hoy porque se espera que una corriente futura de ingresos compense el coste y el riesgo.

Eso no obliga a que el PIB agregado crezca.

En una economía estable puede haber sustitución de empresas, renovación tecnológica, ahorro de costes y desplazamiento de gasto entre sectores.

Pero la expansión de demanda reduce una tensión fundamental.

Si el mercado total crece, varias empresas pueden aumentar ventas simultáneamente.

Si el mercado total no crece, crecer suele exigir quitar cuota a otro, bajar precios, crear una categoría nueva o desplazar gasto desde otro lugar.

La competencia se vuelve más distributiva.

Por eso la expectativa de crecimiento puede estabilizar planes de inversión incluso antes de que el crecimiento ocurra.

La promesa de una demanda mayor hace financiables proyectos que serían dudosos en un mercado estacionario.

Y esa financiación, a su vez, crea capacidad que necesita ser utilizada.

Una fábrica nueva no es solo una posibilidad técnica.

Es capital inmovilizado, deuda, salarios, contratos y expectativas de retorno.

Una vez construida, aparece una presión para que produzca.

Aquí la dirección causal es doble.

Esperar crecimiento induce inversión.

La inversión crea capacidad cuya utilización favorece nueva producción.

No es un motor automático ni infinito. Las recesiones destruyen proyectos. Las empresas quiebran. El capital puede quedar ocioso.

Pero la forma genera una orientación.

La expansión esperada produce estructuras que después funcionan mejor si la expansión se realiza.

6. Competir significa moverse aunque el conjunto no quiera moverse

Hasta ahora podríamos imaginar que basta con que gobiernos y empresas acuerden estabilizar la escala.

La competencia complica esa imagen.

Una empresa puede considerar suficiente su tamaño actual y, aun así, invertir porque otra empresa está reduciendo costes.

Puede abrir un mercado porque teme perderlo.

Puede automatizar porque sus rivales automatizan.

Puede aumentar publicidad porque el silencio comercial cede atención.

Puede financiar I+D porque no innovar amenaza su posición futura.

La competencia no exige que todas las empresas crezcan.

De hecho, muchas desaparecen.

Lo que hace es penalizar ciertas formas de inmovilidad.

Eso convierte parte del crecimiento en una dinámica relacional.

Nadie necesita ordenar centralmente que el sistema se expanda.

Basta con que numerosos actores, intentando conservar su posición, adopten decisiones racionales bajo reglas que premian cuota, retorno y solvencia.

El resultado agregado puede ser expansión aunque ninguno controle el resultado agregado.

Este punto es importante porque evita una explicación moral demasiado simple.

No hace falta atribuir la continuidad del crecimiento a una avidez psicológica universal.

Una organización puede expandirse porque desea más poder.

Otra porque intenta sobrevivir.

Otra porque sus costes fijos exigen volumen.

Otra porque debe servir deuda.

Otra porque su mercado todavía satisface necesidades básicas no cubiertas.

Otra porque una innovación genuina está desplazando una tecnología peor.

Las motivaciones son distintas.

El patrón agregado puede parecerse.

7. El rival: una economía no tiene que crecer materialmente para siempre

Llegados aquí aparece el riesgo de convertir varios acoplamientos históricos en una necesidad metafísica.

Sería un error.

No existe una ley que obligue a que el volumen físico de la economía aumente sin límite para que exista empleo, bienestar, innovación o estabilidad institucional.

El valor económico y el flujo material no son lo mismo.

La productividad puede aumentar.

Las jornadas pueden reducirse.

El gasto puede desplazarse desde bienes muy materiales hacia servicios menos intensivos.

Los sistemas fiscales pueden rediseñarse.

Las pensiones pueden reformarse.

La deuda puede gestionarse con reglas distintas.

Las empresas pueden obtener beneficios sustituyendo tecnologías y no solo ampliando volumen.

Una sociedad puede decidir distribuir parte de la productividad como tiempo libre en vez de convertirla íntegramente en producción adicional.

Y, sobre todo, muchos países de renta baja y media todavía necesitan más capacidad material en vivienda, saneamiento, energía, movilidad, salud e infraestructura. Una crítica seria al crecimiento material indefinido no puede convertirse en una prohibición indiferenciada del desarrollo.

Por eso necesitamos dos distinciones.

La primera es entre crecimiento del valor y crecimiento del throughput material.

La segunda es entre crecimiento necesario para ampliar capacidades insuficientes y crecimiento utilizado para evitar reajustes dentro de sistemas ya materialmente maduros.

Estas distinciones no resuelven el problema.

Lo vuelven tratable.

Permiten preguntar qué dependencias pueden desacoplarse del aumento de materiales y energía, cuáles requieren redistribución institucional y dónde la expansión sigue siendo una condición legítima de desarrollo.

8. La máquina que necesita continuar

Podemos volver ahora a la revisión de empleo de la OIT.

Siete millones de empleos previstos desaparecieron de una proyección cuando la expectativa de crecimiento mundial se debilitó.

No fue una catástrofe física.

Fue una señal de arquitectura.

Parte del empleo esperado dependía de que hubiera más actividad.

Algo semejante ocurre con otros componentes.

Una deuda resulta más fácil de sostener si la base de renta crece.

Una pensión resulta más fácil de financiar si empleo y salarios amplían la base contributiva.

Una inversión resulta más fácil de justificar si existe demanda futura adicional.

Una empresa puede conservar mejor su posición si sus ventas o su productividad avanzan al ritmo de sus competidores.

Un Estado puede financiar servicios con menos conflicto distributivo si su recaudación crece con la actividad.

Ninguno de estos mecanismos demuestra que el crecimiento deba continuar para siempre.

Demuestran otra cosa.

Hemos construido instituciones para las que la expansión futura realiza parte del trabajo que, sin ella, tendría que realizar una decisión distributiva presente.

Ésta es una tesis de síntesis del corpus.

Cuando la economía crece, muchos conflictos pueden aplazarse o suavizarse porque hay un excedente adicional que repartir.

Cuando deja de crecer, las mismas obligaciones siguen ahí y la pregunta cambia: quién cede renta, tiempo, rentabilidad, prestación, gasto o patrimonio.

Por eso el crecimiento puede convertirse en condición de estabilidad incluso para actores que reconocen que el crecimiento material no puede ser una solución ilimitada.

La máquina necesita continuar no porque posea una voluntad.

Porque sus acoplamientos convierten el movimiento en una forma de equilibrio.

Y una economía que necesita ampliar actividad encuentra un mecanismo especialmente potente para hacerlo: aumentar la rotación de bienes, servicios, materiales y deseo.

El siguiente capítulo entra ahí.

No preguntará por qué la gente compra demasiado como defecto moral.

Preguntará qué forma económica aparece cuando comprar, usar y desechar se convierte en un mecanismo de reproducción del sistema.