Volumen I · Parte II · Capítulo 4

La gran aceleración

A mediados del siglo XX muchas curvas de actividad humana cambian de pendiente a la vez: producción, energía, materiales, transporte, urbanización y conectividad crecen hasta una escala capaz de modificar procesos del sistema Tierra. El capítulo reconstruye esa cronología sin confundir agregado global con responsabilidad homogénea ni aceleración con deterioro automático.

¿Qué cambió materialmente a mediados del siglo XX para que la relación entre sociedades humanas y sistema Tierra adquiriera otra escala?

En 2015, cinco investigadores volvieron a dibujar un conjunto de gráficas que ya llevaba más de una década circulando entre científicos del sistema Tierra.

No era una sola curva. Eran veinticuatro.

Doce seguían variables socioeconómicas: población, actividad económica, energía, transporte, urbanización, inversión, telecomunicaciones, uso de recursos. Otras doce seguían cambios en componentes del sistema Tierra: composición de la atmósfera, clima, agua, ciclos de nutrientes, ecosistemas marinos, bosques, uso del suelo y otros procesos biofísicos.

El trabajo, firmado por Will Steffen, Wendy Broadgate, Lisa Deutsch, Owen Gaffney y Cornelia Ludwig, actualizaba hasta 2010 las gráficas de la llamada Great Acceleration.

Lo llamativo no era que todas las líneas fueran idénticas. No lo eran. Tampoco que cada una pudiera atribuirse a una causa única. No podía.

Lo llamativo era otra cosa.

Muchas de ellas cambiaban de pendiente con una intensidad difícil de ignorar en torno a la mitad del siglo XX.

Después de la Segunda Guerra Mundial, producción, consumo, energía, fertilizantes, transporte, urbanización y conectividad aumentaron con enorme rapidez. Al mismo tiempo, múltiples indicadores del sistema Tierra mostraron cambios de estado o de ritmo. La imagen no demostraba por sí sola una cadena causal única, pero sí volvía visible una coincidencia histórica de escala.

Los propios autores introdujeron además una corrección decisiva. Allí donde los datos lo permitían, dejaron de representar las variables socioeconómicas como si una entidad llamada “humanidad” hubiera hecho exactamente lo mismo en todas partes. Separaron países de la OECD, BRICS y resto del mundo.

Las curvas cambiaron de significado.

El crecimiento de población desde 1950 se concentraba sobre todo fuera del mundo rico, mientras la actividad económica y el consumo habían estado fuertemente dominados por él. La aceleración era global como fenómeno agregado, pero no homogénea como historia social.

Ésta es la puerta de la Parte II.

Los tres capítulos anteriores preguntaban dónde queda una consecuencia cuando la decisión consigue sacarla de su propio perímetro: otro balance, otro territorio, otro tiempo.

Ahora cambia la pregunta.

¿Qué ocurre cuando la cantidad de actividad, la velocidad con que circula, la energía que la sostiene, los materiales que moviliza y las redes que la conectan crecen hasta un punto en que el exterior deja de parecer amplio?

La gran aceleración no es todavía una teoría de la sostenibilidad.

Es, antes que nada, una cronología del cambio de escala.

1. Acelerar no significa solamente ir más deprisa

La palabra puede engañar.

Cuando hablamos de aceleración solemos pensar en velocidad: un tren más rápido, una computadora que procesa más operaciones, un barco que cruza una ruta en menos tiempo, una fábrica que produce más unidades por hora.

Pero el cambio de escala de la segunda mitad del siglo XX no cabe en una sola dimensión.

Hay, al menos, cuatro operaciones diferentes.

La primera es volumen.

Más población, más producción, más kilómetros de carretera, más cemento, más acero, más fertilizante, más electricidad, más mercancías, más edificios, más vehículos, más infraestructura.

La segunda es velocidad.

Una misma unidad de capital puede circular más rápido. Una mercancía puede recorrer continentes en días. Una orden financiera puede cruzar fronteras en segundos. Un producto puede diseñarse, producirse, distribuirse y sustituirse en ciclos cada vez más cortos.

La tercera es conectividad.

Las redes de transporte, energía, telecomunicaciones, finanzas y comercio hacen que actividades antes separadas entren en dependencia. Una fábrica no necesita tener cerca todas sus materias primas. Una ciudad puede alimentarse con cadenas que atraviesan medio planeta. Una empresa puede vender en un mercado, producir en otro y financiarse en un tercero.

La cuarta es persistencia y acumulación.

No todo lo que aumenta desaparece al terminar el año. Parte de las emisiones se acumula. Parte de la infraestructura permanece durante décadas. Parte de los residuos exige gestión prolongada. Parte del nitrógeno movilizado entra en ciclos ecológicos. Parte del cambio de uso del suelo modifica sistemas cuya recuperación puede ser lenta o incompleta.

Estas cuatro dimensiones pueden combinarse sin crecer al mismo ritmo.

Una economía puede hacerse más digital y reducir material por unidad de valor en algunos sectores. Un sistema eléctrico puede crecer mientras disminuye la intensidad de carbono de cada kilovatio hora. Una red logística puede aumentar su velocidad sin duplicar el peso total transportado. Un país puede estabilizar su población mientras eleva su consumo energético.

Por eso sería un error resumir la gran aceleración con una frase como “todo creció”.

Lo importante es que muchos subsistemas crecieron simultáneamente y empezaron a acoplarse a escalas antes excepcionales.

Ese acoplamiento cambia la aritmética de una consecuencia.

Un efecto pequeño por unidad puede convertirse en grande cuando se multiplica por miles de millones de unidades. Una actividad local puede seguir siendo local en cada caso y producir una señal global cuando se repite en suficientes lugares. Una mejora de eficiencia puede reducir el impacto unitario y, sin embargo, coexistir con un aumento del impacto agregado si el volumen crece más deprisa.

La escala no es una acusación.

Es una propiedad del sistema.

2. El metabolismo material se hace visible

Durante mucho tiempo, las economías pudieron describirse principalmente mediante dinero.

PIB, inversión, comercio, productividad, deuda, salarios, precios.

Son variables fundamentales. Pero ninguna tonelada de acero desaparece porque la expresemos en euros. Ningún edificio se sostiene con una cifra monetaria. Ninguna carretera puede construirse solo con productividad estadística.

Debajo de la economía monetaria hay un metabolismo material.

El Global Resources Outlook 2024, elaborado por el Panel Internacional de Recursos bajo el Programa de Naciones Unidas para el Medio Ambiente, estima que la extracción mundial de recursos naturales se triplicó aproximadamente en las últimas cinco décadas. El informe sitúa el uso de recursos en torno a 30 mil millones de toneladas en 1970 y alrededor de 106 mil millones de toneladas cinco décadas después.

La cifra reúne materiales muy distintos: biomasa, combustibles fósiles, minerales metálicos y no metálicos.

No significa que todos tengan el mismo efecto ni que una tonelada de arena sea comparable, por impacto, con una tonelada de carbón. El valor de la cifra es otro: hace visible la masa física que acompaña a la expansión de vivienda, movilidad, industria, energía, alimentación e infraestructura.

Una civilización puede mejorar mucho la eficiencia con que usa cada tonelada y, al mismo tiempo, movilizar más toneladas en total.

Puede sustituir materiales de alto impacto por otros de menor impacto y seguir aumentando su metabolismo físico.

Puede generar mucho más valor económico por unidad de recurso y no haber resuelto todavía la pregunta del volumen agregado.

La distinción importa porque crecimiento económico y crecimiento material no son idénticos.

Una parte del valor puede crecer con muy poco material adicional. Software, conocimiento, diseño, servicios jurídicos, educación o muchos activos digitales no requieren la misma masa por euro de valor que una autopista o una planta siderúrgica.

Pero tampoco vivimos dentro de una economía inmaterial.

Los centros de datos necesitan edificios, redes eléctricas, refrigeración, semiconductores y minerales. Los servicios se prestan desde ciudades, hogares, oficinas, carreteras y sistemas energéticos. Las finanzas asignan capital que termina financiando cosas físicas. Incluso el consumo más digital se apoya sobre una infraestructura material que suele quedar fuera de la pantalla.

La gran aceleración obliga a mirar las dos capas a la vez.

La monetaria y la material.

3. Ocho mil millones no son ocho mil millones de veces lo mismo

La población forma parte de este cambio de escala.

La revisión 2024 de World Population Prospects de Naciones Unidas sitúa la población mundial en torno a 8,2 mil millones de personas en 2024 y reconstruye series comparables desde 1950.

Parece tentador convertir esa cifra en explicación total.

Más personas, más consumo, más presión.

Pero ese razonamiento falla en cuanto miramos la distribución.

Una persona con acceso limitado a electricidad, movilidad, vivienda materialmente intensiva y bienes industriales no añade la misma demanda que un consumidor de renta alta con casa grande, vuelos frecuentes, varios vehículos y elevado consumo incorporado en productos y servicios.

UNEP resume esa desigualdad de manera contundente: los países de ingresos altos consumen, en promedio, alrededor de seis veces más recursos por persona y generan alrededor de diez veces más impactos climáticos que los países de ingresos bajos.

El dato no convierte a todos los habitantes de un país rico en equivalentes entre sí. Dentro de cada país hay desigualdades enormes. Tampoco implica que el consumo material deba permanecer bajo en los países pobres. En muchos lugares, más vivienda, saneamiento, energía, transporte e infraestructura son condiciones de desarrollo necesarias.

El punto es más limitado y más importante.

Contar personas no sustituye a contar metabolismo.

La gran aceleración es demográfica, pero también es energética, industrial, urbana, logística y distributiva.

El propio trabajo de Steffen y sus colegas lo muestra al separar OECD, BRICS y resto del mundo. El crecimiento de la población y el crecimiento de la actividad económica no siguen la misma geografía histórica.

Por eso una narración que diga “la humanidad se multiplicó y por eso ocurrió todo lo demás” es demasiado pobre.

La población cambia la escala del sistema.

La organización de la producción y del consumo decide cómo se materializa esa escala.

4. La otra mitad de la historia: capacidad humana

Hasta aquí sería fácil caer en una trampa.

Miramos curvas de materiales, energía, emisiones e infraestructura y empezamos a leer el siglo XX como si hubiera sido únicamente una máquina de presión biofísica.

No lo fue.

El mismo período contiene una expansión extraordinaria de capacidades humanas.

La esperanza de vida global, según las series de Naciones Unidas recopiladas por Our World in Data, alcanzó aproximadamente 73 años en 2023. Enormes poblaciones accedieron durante las décadas de posguerra a antibióticos, vacunas, agua tratada, electricidad, refrigeración, escuelas, carreteras, hospitales, telecomunicaciones y sistemas de protección social que antes eran inexistentes o minoritarios.

No podemos atribuir cada mejora linealmente al consumo de energía o materiales.

La salud depende de conocimiento, instituciones, distribución, política pública, cultura, saneamiento, medicina y muchas otras variables. Hay sociedades que convierten recursos en bienestar con mucha más eficacia que otras.

Pero tampoco sería serio contar la historia como si las capacidades materiales no importaran.

Un hospital necesita energía estable.

Una cadena de frío necesita infraestructura.

El agua potable necesita captación, tratamiento, bombeo y mantenimiento.

Una vivienda segura requiere materiales.

Una red de saneamiento requiere obras que duran décadas.

La cuestión del volumen no es, por tanto, cómo volver a una escala anterior idealizada.

Es más difícil.

¿Cómo conservar y ampliar capacidades humanas sin suponer que toda ampliación debe repetir la relación histórica entre bienestar, energía, extracción y presión ambiental?

Esa pregunta impide que “gran aceleración” se convierta en sinónimo de “gran error”.

Hubo errores, desplazamientos de coste y destrucciones reales.

Hubo también emancipaciones materiales reales.

Una teoría útil tiene que poder ver las dos cosas al mismo tiempo.

5. Veinticuatro curvas no son una sola causa

La imagen de la Great Acceleration es poderosa precisamente porque es visual.

Y por eso también puede inducir a error.

Si muchas curvas se elevan a la vez, resulta fácil imaginar un único motor oculto.

Capitalismo. Población. Tecnología. Combustibles fósiles. Consumo. Occidente. Industrialización. Globalización.

Cada una de esas palabras nombra mecanismos importantes.

Ninguna, por sí sola, convierte las veinticuatro series en una ecuación.

El uso de fertilizantes tiene una historia causal propia. El transporte aéreo, otra. La concentración de CO₂, otra. La pérdida de bosque tropical, otra. La expansión urbana, otra. El uso de agua, otra. Pueden estar conectadas y compartir impulsores sin ser equivalentes.

Steffen et al. son explícitos además en otro punto: la aceleración de mediados de siglo no aparece con la misma nitidez en todos los indicadores del sistema Tierra. Algunas variables muestran cambios graduales. Otras se estabilizan parcialmente. Algunas responden a políticas, sustituciones tecnológicas o acuerdos internacionales.

Esto no debilita la idea de cambio de escala.

La hace más precisa.

Una civilización planetaria no es una máquina con un solo volante. Es un conjunto de redes, instituciones y tecnologías que pueden acelerar, frenar, sustituirse o desacoplarse de forma diferente.

Hay ejemplos importantes de respuesta colectiva.

La regulación puede reducir contaminantes concretos. Una sustancia puede prohibirse. Una tecnología puede sustituirse. Un estándar puede cambiar millones de productos. Una fuente energética puede perder cuota mientras otra crece.

Por eso la pregunta no es si “la aceleración” puede detenerse como si fuera un motor único.

La pregunta es qué relaciones concretas entre capacidad humana y presión biofísica pueden transformarse, a qué velocidad y con qué efectos distributivos.

Ésta es una diferencia decisiva para todo lo que sigue.

6. La aceleración continúa, pero cambia de composición

Sería cómodo pensar que la Great Acceleration pertenece a una etapa histórica ya cerrada: reconstrucción de posguerra, motorización masiva, petroquímica, expansión suburbana, industrialización pesada.

Pero la escala global continúa cambiando.

La International Energy Agency estimó que la demanda mundial de energía aumentó un 2,2 % en 2024, un ritmo superior al promedio de la década anterior, y que la demanda eléctrica creció un 4,3 %.

La geografía también cambió.

Más del 80 % del aumento de la demanda energética mundial de ese año procedió de economías emergentes y en desarrollo.

Eso importa porque el siglo XXI no puede describirse simplemente como continuación de la expansión OECD del siglo XX.

Las necesidades de desarrollo, urbanización y electrificación se desplazan. Países con grandes poblaciones buscan niveles de acceso material que las economías ricas alcanzaron décadas antes. Pedirles que congelen su metabolismo en niveles bajos no sería una política de sostenibilidad; sería consolidar una desigualdad.

Pero la composición tecnológica tampoco permanece fija.

En 2024, renovables y energía nuclear aportaron alrededor del 80 % del incremento de la generación eléctrica mundial, según la IEA. Las renovables siguieron batiendo récords de nueva capacidad.

Esa cifra no significa que el problema energético esté resuelto.

La demanda total siguió creciendo. También crecieron, en términos globales, el consumo de gas, carbón y petróleo. La transición puede avanzar dentro de un sistema que todavía expande su demanda.

Aquí aparece una distinción que necesitaremos muchas veces.

Cambiar la composición de una corriente no es lo mismo que reducir su escala total.

Y reducir una presión por unidad no es lo mismo que reducirla en términos absolutos.

Pero tampoco son gestos menores.

Si una economía produce más electricidad con menos emisiones por unidad, ha cambiado una relación causal real. Si los vehículos eléctricos sustituyen combustión, cambia otra. Si la economía circular reduce extracción primaria, cambia otra. Si un proceso industrial consume menos material por tonelada de producto, cambia otra.

La gran aceleración no condena esas transformaciones al fracaso.

Solo impide confundir una mejora parcial con la desaparición automática del problema agregado.

7. Cuándo una suma local cambia de naturaleza

Volvamos ahora a la pregunta del capítulo.

¿Qué cambió materialmente a mediados del siglo XX?

No apareció por primera vez la minería.

No apareció por primera vez la contaminación.

No apareció por primera vez el comercio a larga distancia.

No apareció por primera vez una ciudad que dependiera de alimentos producidos lejos.

No apareció por primera vez una sociedad que transformara paisajes enteros.

Todas esas cosas son mucho más antiguas.

Lo que cambió fue la magnitud conjunta.

Más actividad, más energía, más materiales, más infraestructuras y más conexión operando al mismo tiempo sobre una población mayor y sobre redes capaces de coordinar producción y consumo a escala continental y planetaria.

Eso produce un fenómeno que puede parecer paradójico.

Cada decisión individual puede seguir siendo pequeña.

Una familia compra un coche.

Una granja aplica fertilizante.

Una empresa construye una nave.

Una ciudad amplía una carretera.

Un pasajero toma un vuelo.

Una fábrica consume electricidad.

Nada de eso, por separado, “cambia el planeta”.

Pero la escala no vive dentro del caso individual.

Vive en la repetición, la infraestructura común y la acumulación.

Miles de millones de decisiones no necesitan compartir intención para producir un resultado agregado.

Ésta es una de las razones por las que la responsabilidad planetaria resulta tan difícil de organizar. Los efectos globales no siempre nacen de una decisión global. Pueden emerger de millones de decisiones localmente razonables, cada una apoyada sobre reglas e infraestructuras que favorecen determinados flujos.

No hay que imaginar una conspiración para obtener una dinámica sistémica.

Basta con tener incentivos, tecnologías y redes que reproduzcan una relación millones de veces.

8. El exterior empieza a encogerse

La Parte I construyó una idea incómoda.

Una consecuencia puede desaparecer del balance sin desaparecer del mundo.

Puede cruzar una frontera.

Puede llegar a otro cuerpo.

Puede aparecer dentro de cincuenta años.

La gran aceleración añade una dimensión nueva.

Cuando el volumen de actividad era menor, muchas consecuencias podían dispersarse en sistemas que parecían inmensos en relación con la presión recibida.

No porque fueran infinitos.

Porque la proporción era distinta.

Un río puede absorber cierta carga y seguir funcionando dentro de un rango. Una atmósfera puede recibir una emisión sin que esa emisión individual determine su estado. Un suelo puede regenerar nutrientes a determinada velocidad. Un bosque puede recuperarse de algunas perturbaciones. Un vertedero puede recibir residuos mientras tenga capacidad física y gestión suficiente.

La escala cambia cuando la presión agregada empieza a competir con la capacidad de absorción, regeneración, dilución o sustitución.

No existe una única cifra que marque ese cambio para todos los procesos.

Cada sistema tiene mecanismos, tiempos y umbrales distintos.

Ésta es precisamente la razón por la que no debemos saltar de las curvas de la gran aceleración a una fecha de colapso.

La cronología nos dice que la presión cambió de magnitud.

Todavía tenemos que saber qué condiciones biofísicas importan, cómo se miden, qué incertidumbres tienen y qué significa rebasar zonas de riesgo.

Eso pertenece al capítulo siguiente.

Pero antes conviene fijar una diferencia del corpus.

Una forma puede aumentar espectacularmente su capacidad operativa y, al mismo tiempo, alterar el campo del que depende.

Eso no convierte la capacidad en un error.

Significa que más capacidad no equivale automáticamente a más sostenibilidad.

Un sistema puede hacerse más fuerte en una variable y más dependiente en otra. Puede producir más alimentos y depender de más fertilizantes. Puede mover más bienes y depender de cadenas logísticas más largas. Puede electrificar más funciones y hacer más crítica la estabilidad de la red. Puede mejorar su eficiencia y aumentar su volumen total.

La sostenibilidad no puede decidirse mirando una sola curva de éxito.

Necesita mirar también las condiciones que permiten que esa curva continúe.

9. Cuando el planeta deja de ser fondo

La gran aceleración no demuestra que exista un límite único llamado “el planeta”.

Tampoco demuestra que todas las variables hayan alcanzado ya un umbral peligroso.

Demuestra algo previo.

La actividad humana ha alcanzado una escala en la que resulta empíricamente razonable preguntar si algunos procesos biofísicos que durante mucho tiempo pudieron tratarse como fondo deben convertirse en variables explícitas de decisión.

Clima.

Biodiversidad.

Agua.

Nitrógeno y fósforo.

Contaminantes persistentes y nuevas entidades.

Uso del suelo.

No porque todos funcionen igual.

Precisamente porque no funcionan igual.

El capítulo anterior terminaba diciendo que el futuro no está fuera del sistema.

Éste añade otra frase.

La escala tampoco está fuera de la decisión.

No basta con preguntar si una actividad funciona aquí y ahora.

Cuando millones de actividades semejantes comparten atmósfera, océanos, ciclos de nutrientes, materiales, energía y redes, aparece una segunda pregunta:

¿qué condiciones del campo común cambian cuando todas funcionan a la vez?

Ésa es la frontera a la que hemos llegado.

La crisis deja de parecer una sucesión de malas noticias independientes y adquiere una cronología.

No una cronología del apocalipsis.

Una cronología de escala.

Y, una vez que la escala entra en la cuenta, el siguiente paso ya no puede evitarse.

Hay que mirar qué significa que el planeta deje de ser paisaje y empiece a aparecer como condición medible.

Ahí comienza el Capítulo 5.